LA PIANISTA - ELFRIÉDE JELINEK (FRAGMENTO)

En las pequeñas tiendas las madres, vestidas con colores vivos, se agachan para examinar los productos, porque ellas se toman en serio sus labores; dan respingos detrás del muro que rechaza el viento. Las jóvenes mujeres sueltan las riendas de sus hijos mientras ponen a prieba los conocimientos extraídos de lujosas revisyas de cocina examinando inocentes berenjenas y otros productos exóticos. La mala calidad provoca el rechazo de estas mujeres, como si se tratase de una víbora que asoma su cabeza en un calabacín. A esta hora ningún hombre adulto que goce de buena salud se pasea por las calles, donde no tiene nada que hacer. Los verduleron han apilado junto a la entrada de sus tiendas las cajas con los frutos multicolores cargados de vitaminas, todos ellos en distinto estado de descomposición y putrefacción. Ahí escarba con pericia la mujer. Opone resistencia al vendaval. En detestable actitud lo toca todo para averiguar su consistencia y si está fresco. O busca agentes de conservación y sustancias para la eliminación de parásitos, algo que disgusta en extremo a una joven madre bien informada. Aquí, en estas uvas se ve una capa de un verde mohoso que sin duda es venenosa, las uvas fueron generosamente fumigadas en la parra. Asqueada las lleva donde está la verdulera, que viste un delantal azul; es una prueba de que una vez más la química le ha ganado la mano a la naturaleza y quizá siembre una semilla de un futuro cáncer en la criatura de esta joven madre. Los resultados de una encuestahan puesto en absoluta evidencia que el hecho de que en este país los alimentos deben ser controlados regularmente en su contenido de sustancias venenosas es más conocido que el nombre del no menos venenoso viejo canciller. También la clienta de mediana edad ha comenzado a preocuparse por la calidad del suelo en la que han crecido las patatas. Sí, a causa de su edad, la clienta siente que, por desgracia, el riesgo es para ella aún mayor. Y en la actualidad se ha elevado de forma dramática el peligro que la acecha. Por último compra naranjas, ya que se pueden mondar reduciendo así considerablemente las sustancias contaminantes; Erika ha pasado a su lado sin prestarle atención, del mismo modo que por la noche tampoco su marido le prestará atención, sino que dedicará a leer el periódico del día siguiente; una suerte que lo encontrará de camino a casa, así dispondría de información por adelantado. Tampoco los hijos le harán los honores a la comida preparada con tanto cariño, porque ellos ya son adultos y no viven en casa. Hace ya tiempo que se han casado y, a su vez, se afanan comprando frutos envenenados. Llegará el día en que se hallen de pie frente a la tumba de esta mujer y lloriquearán un poco, pero el tiempo ya lo estará royendo a ellos. De momento se han deshecho de las preocupaciones por la madre, y muy pronto serán elos la preocupación de sus hijos.

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