Albuquerque. Han viajado más de doce horas: han subido a un avión y bajado del mismo y subido a otro y otra vez bajado y tomado un taxi, y se han mal encarado con el idioma y les ha costado una enormidad comunicarse con el mundo, y ahora esperan abordar un autobús que las lleve a Santa Fe. Por fin han tomado vacaciones. Es primera vez que cruzan la cordillera y salen de Chile. Es la primera vez que vuelan, también. A la triste le ha dado vértigo el viaje y permanentemente ha tenido la idea de que es un ángel. Se lo ha dicho a la ojerosa, pero esta la ha mirado con expresión desatenta y ha preguntado qué es lo que dices. La triste no ha respondido, no ha querido interrumpir el transitorio regocijo de la ojerosa y ha dejado que el vuelo siga su vaivén, manso, regular, con destino a Albuquerque.
Pero todo eso ha ocurrido en la mañana. Ahora es mediodía, ya están en Albuquerque y un guardia les informa que los boletos no se compran aquí sino en la otra estación, la de los buses Greyhound, dos cuadras más allá. Como sus maletas son muy pesadas, las mujeres deciden que una se quede y la otra vaya por los pasajes. La triste se queda. Se queda y mira a su alrededor: qué feo le parece este lugar, qué desilusionada está del extranjero. Se sienta en una banqueta, es lo primero que encuentra. Está aburrida. Vuelve a mirar en torno. Intenta leer los carteles publicitarios, pero no comprende cabalmente su contenido. A los dos minutos ya conversa (intenta conversar, más bien) con un hombre que se ha sentado en el mismo sitio. Su inglés es sinceramente lamentable. Escúchenla. Quiere encender un cigarrillo y dice: Could you give me fire, please? Lo dice con tono de película mexicana. El hombre comprende que la triste es extranjera y eso lo alegra. Of course, responde, con excesiva amabilidad. Where are you from?, se preguntan ambos. De Chile, dice ella; de México, dice el. iSalud, amiga!, exclama en español, mientras enciende su cigarrillo. Salud, lo sigue forzadamente festiva la triste, y vuelve la vista hacia el lado.
Entonces lo observa: el hombre no está solo. Lo acompañan un chico desastrado que no deja de llorar y una mujer de cara filuda, una mujer que a la triste le parece más una sombra que otra cosa. Alrededor de ellos ve muchos bultos. La mayoría son bolsas plásticas; no hay una sola maleta. La triste está segura de que son muy pobres. El hombre le cuenta que regresan a Tijuana después de ocho meses duros, que no han hecho buena fortuna en los Estados Unidos, que en realidad no han hecho buena fortuna en la vida y que el autobús que los llevará de vuelta a México recién pasa a las siete de la tarde. Son las doce y media. Están fatigados y afligidos. El chico se comería un caballo, por eso llora tanto, le explica. El hombre desearía ir a comprar comida, pero tiene un problema; su mujer es ciega y no puede dejarla sola con los bultos. ¿Tiene dinero? indaga la triste. Pues un poquititito. responde escueto el hombre. Y luego bromea: A little, little bit. La triste no entiende la expresión, pero algo, no sabe exactamente queé, la conmueve. De pronto le da mucha pena, cree que ya a llorar. Tan lastimera es la triste. Pero se contiene y se muestra moderada y le dice al hombre que no se preocupe, vaya rapidito, yo cuido a su mujer y los bultos. El hombre le agradece, la llama ángel caído del cielo; la triste se emociona, se averguüenza, se sonroja incluso. Pero él ya corre hacia la calle con el chico tomado de la mano.
La triste y la ciega están solas. A su alrededor se oyen múltiples diálogos, diálogos que resultan incomprensibles para ambas. La triste le habla a la ciega en español, le pregunta si le gusta este país. La ciega dice que como no puede verlo, no sabe si le gusta o no, pero que en principio lo detesta. Ah, dice la triste, y vislumbra como en una revelación los límites del diálogo. Está aburrida la triste. Enciende otro cigarrillo y fuma con la ansiedad de un recluso. Ahora es la ciega quien habla. ¿Y a usted?, pregunta. ¿Y a mí qué?, responde la triste. ¿Le gusta este país? La triste no sabe qué decir. Solo lleva unas horas en territorio extranjero, demasiado poco para formular cualquier respuesta, piensa. Va a improvisar algo cuando divisa a la ojerosa acercándose con prisa. A los pocos segundos está frente a ellas. Deben irse de inmediato, le informa la ojerosa, de lo contrario perderán el único autobús a Santa Fe. La triste le explica la situación a la ojerosa, la ojerosa le pregunta con sorna si quiere pasar su primera noche de vacaciones en esta ciudad; la triste accede a partir. Las mujeres explican ahora la situación a la ciega y esta se larga a llorar con desesperación. Le da pánico quedarse sola. Teme que le roben el equipaje. Entre sollozos se escucha -las mujeres la escuchan- una frase velada: Detesto este lugar, detesto, detesto. Durante los cuatro minutos siguientes las mujeres consuelan a la ciega y, aunque con dificultad, logran tranquilizarla. A la ojerosa se le ocurre una idea: amarra todas las bolsas con un cordel y en un extremo incorpora las llaves de su propia maleta. Se asegura de que, al chocar, las llaves suenen como campanillas. Le entregan el cordel a la ciega para que lo sostenga como si fueran las riendas de un caballo y se alejan a paso rápido. La ciega sonríe y solloza al mismo tiempo. Las mujeres no saben si está afligida o sorprendida. Tampoco se detienen a averiguarlo.
Apenas salen de la estación, la triste distingue al hombre en la puerta de una taberna. Sostiene un cartucho de papas fritas y las devora como perro hambriento, mientras el chico se ensucia la cara con el chocolate derramado de un barquillo doble. La triste siente que sus lagrimales se aflojan. Pero la ojerosa pide que no se detengan, que aceleren el paso. Si no corren perderán el autobús que las llevará, al fin, a Santa Fe.
A la triste le parece oír el sonido reiterado de una campanilla. Cómo la perturba ese sonido. No sabe si es su triste imaginación o la ciega pidiendo ayuda. No, no puede ser la ciega, intenta convencerse. Pero el ruido persiste. Para no seguir oyéndolo, comienza a tararear una monótona canción, un bolero o, mejor, un tango, hasta que consigue borrarlo. Ya están en el terminal de los Greyhound. La triste quisiera que fuera un aeropuerto y que estuvieran por subir a un avión. La triste se siente repentinamente como un ángel caído del cielo. Va a decirlo en voz alta, pero mira a la ojerosa y la ve tan extenuada, tan marcadas sus ojeras, que mejor no interrumpe el precario silencio y se calla, benévola, muy prudente, un poco triste.
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