..."aquellos que nos comprenden
esclavizan algo en nosotros".
Gibran Jalil Gibran
.
Un
paso, otro paso, casi me deslizo sobre el piso encerado, un paso,
las pantuflas no hacen ruido, son suaves y mis pies están tibios,
otro paso, subo y llego. Me cuesta visualizar sin marearme, lo voy
intentando de a poco hasta lograr la imagen perfecta: él está de
espaldas, de pie; ella está recostada en la cama, los ojos cerrados,
desnuda, por primera vez la veo desnuda y él se acerca a ella hasta
besarla. Yo no respiro cuando ellos gimen, no me muevo cuando ellos
hacen crujir la cama y ella le dice que más despacio, que pueden oír
de allá afuera, pero él resopla como un caballo y no la oye, la toca
con tanta fuerza, sus manos corren por sus pechos, van y vienen y ya
no son manos, es un delirio de carne y saliva, es el goce real cuando
ella, la enfermera Laura, se pone en cuatro patas y él la embiste
por detrás, una y otra vez, no le vaya a doler, una y otra vez la
busca, ciego, para clavárselo bien adentro, así le pide ella, y no le
duele, le gusta porque sus caderas bailan y él se encabrita, las
sujeta con ambas manos, manos grandes, le muerde la espalda, roncando,
hasta que yo debo cerrar los ojos, debo sentir cómo se desliza el
sudor por mi cuello, lentamente, cómo ellos, lentamente, van
terminando el juego para caer exhaustos y desparramados.
Yo no respiro.
Vuelvo a la cama y sé que no voy a dormir, que miraré el techo toda
la noche, techo alto con miles de nidos de arañas, con esos embudos
de lana que nacen entre las rendijas de la madera. No dormiré, soñaré
despierta con la enfermera Laura y su acompañante, revisaré las
sábanas con cuidado en busca de pulgas, chinches, larvas de polilla,
excremento de ratón, con cuidado hasta darme cuenta que no hay nada,
que sólo es la sábana blanca amarillenta, un poco dura, más fea aún
al contacto con las frazadas grises y el cubrecamas de cretona
chillona, florones que se repiten hasta el cansancio, esas borlas
plásticas que cuelgan...
Roberto dijo que iría a un lugar bien bonito, un hospital que no es
hospital, que me tratarían muy bien y con cariño, que no me
preocupara de nada. Estúpido Roberto, cree que soy una imbécil. Es un
pensionado, dijo, un sanatorio elegante. Y yo río a gritos, me
retuerzo de risa en esta cama hedionda. Esto es un manicomio donde
los locos lloran por las noches y gritan y aúllan, donde la enfermera
Laura tira como mala de la cabeza con ese retardado, el auxiliar
Juanito.
Bien bonito este lugar. Precioso. Cada ventana con barrotes pintados
de verde, cada pasillo pintado de verde. Todo es verde. Para que los
loquitos se tranquilicen y no piensen tonteritas. Cada rincón
fumigado con tanax, ese olor maldito que no deja vivir, que se cuela
por mis poros, que no deja respirar.
Miro el techo.
-¿Cómo amaneció?
La cara de la enfermera Laura está a un centímetro mío. Huelo su
perfume, veo sus labios tan bien pintados, la sombra celeste de sus
ojos, el delineador de trazo perfecto. Se ríe y sus dientes son
parejos. Perfume Flores D’Amor.
-Esta es la triste historia del Fundo de Oro, donde todos culean menos el toro, ¡huifayayai!
La enfermera Laura no se sorprende.
- Que amaneció chistosa, de buen ánimo. Le informaré al doctor.
- No estoy de buen ánimo. No dormí.
- Bah, qué raro, y eso que le aumenté la dosis.
No digo nada. Me pregunto si aún tendrá el semen del auxiliar
Juanito en la entrepierna, zozobrando. O el sostén que ahora es pura
hilacha, porque anoche él lo hizo tiras con los dientes. ¿Se habrá
cambiado el sostén? No digo nada y es cierto que acaba de comenzar
otro día y tendré que levantarme para ir a desayunar con los locos y
después caminar por el jardín recolectando hojas secas de liquidambar
y de ciruelo para hacer cuadritos en el taller de artes manuales.
-¿Puedo hacer una llamada?
- No .
- Entonces no me levanto.
- Usted sabe que el doctor le suprimió las llamadas a su casa porque
pelea cada vez que habla con su marido. ¿No se acuerda?
- Quiero que Roberto me saque de aquí.
- Tiene que pasar por la cura de desintoxicación primero y después, tiempo después veremos.
La enfermera Laura muestra su mejor sonrisa comprensiva, mientras me
ofrece la mano. A medida que me incorporo miro sus pechos redondos,
perfectamente armados en sus delantal blanco, con botones pequeñitos.
Dan ganas de dormir acurrucada en ellos, porque yo los conozco y sé
que son hermosos, de pezones morenos y grandes, pezones ya paridos,
un poco agrietados y vueltos a cicatrizar a costa de cremas y de la
saliva del auxiliar Juanito, tan importante y amoroso, el que se olvidó
totalmente de su pasado de cabrito de los mandados de la Posta de
Litueche, el que se corría la paja en el baño de hombres, al lado de
los urinarios pestilentes, chorreados de sarro. Ganas, ganas de
tocarlos, pero yo ni respiro, dejo que la enfermera Laura ordene el
cuellito bordado de mi camisa de dormir y me coloque la bata de
género de toalla.
-¿Estuvo llorando?
- Sí – miento .
-¿Cuándo?
- Toda la noche.
- No puede estar así, voy a tener que inyectarla de nuevo.
Me lleva de la mano como a una hija y fuéramos al parque a comer
helados y a jugar con globos, me lleva por el pasillo verde hasta el
comedor y me instala bien derechita para tomar el té con leche en
polvo y marraqueta con margarina y mermelada Watt’s de durazno.
Después ella se pierde entre tanto catatónico que anda ronroneando o
babeando y desaparece, simplemente se pierde de mi vista.
Roberto no vendrá este fin de semana. Me porté mal hace dos noches,
grité mucho, me arañé la cara y los brazos. También le di una patada
a la enfermera Laura que quería inyectarme no sé qué otra
porquería. Además, me quitaron los zapatos, por eso esto de las
pantuflas y de andar con camisa de dormir todo el día, para que no se
nos vaya a arrancar, me dijeron. Arrancar, ¿adónde iría? ¿Adónde?
Bebo el té con calma y está malísimo. Hurgueteo el pan para no
encontrar un clavo, como el de la semana pasada. Frente a mí está
Julia. Se ha intentado suicidar cuatro veces y yo puedo divisar desde
aquí las cicatrices de sus muñecas, una especie de cordones morados
nada de feos. Julia no habla y tiene ojeras, duerme a tres piezas de
la mía con otra suicida. Los suicidas con los suicidas, los
esquizofrénicos con los esquizofrénicos. A dos sillas está Francisco,
loco no más, vive jugando ping-pong. A veces he jugado con él, pero
hace trampa. Tira la pelota con efecto, hace zapallo y su "net, net,
net" me pone nerviosa. Los demás están siempre adormilados,
ahuevonados con tanto calmante, son una triste caricatura de
Frankestein, caminando con los brazos rígidos y la mirada perdida en
cualquier lugar.
Sinceramente soy la más linda de todas y, cuando haya elección de
reina, me elegirán a mí. Uso colonia. ¿Habrá elección de reina en
los siquiátricos? Debe haber, estoy segura. Si el auxiliar Juanito me
tocara como toca a la enfermera Laura, me pondría más bonita. Rosada
como una manzana, viva como una mariposa; los ojos me brillarían por
mucho tiempo. Ahora están vidriosos, de pescado muerto y colgado de
un gancho curvo, en cualquier pescadería, en cualquier muelle
maloliente. Cómo invocar a Juanito, el auxiliar, el que debe
auxiliarme. Hace tanto tiempo que nadie me acaricia. Roberto dejó de
hacerlo hace años, de puro asco, de verme así, tirada en el suelo,
con la botella a un lado, vomitada entera, con la pintura corrida y
el pucho quemando la alfombra y, de paso, la casa. Roberto nunca más
pasó la mano por mi pelo ni dijo "te quiero" y esas cosas. No eligió
mi boca para besarla, no fue infiel a su rechazo. La alcohólica de
mierda se acostumbró a la soledad de su aliento.
Entonces, Juanito debe rescatarme la piel nuevamente, que él sea el
que me libre de este silencio espantoso. El retardado. El problema es
que no sé cuál es el camino más corto para la insinuación . Yo ni
respiro. Cómo se va a fijar en una ahogada.
Es de noche. Estoy cansada. Caminé toda la tarde de aquí para allá,
de la cancha de baby hasta la piscina vacía, de azulejos verdosos y
sucios. Me acerqué a la reja para ver cómo arreglaban la calle y los
buses pasaban bien cerca mío. Un niño me sacó la lengua. Vi a
Juanito con unas bolsas llenas de apio y lechuga, lo vi acarreando cajas
con remedios, lo vi conversando con la enfermera Laura, coquetos los
dos, concertando otra cita en la pieza vacía, una cita para esta
noche y de nuevo voy a mirar todo, voy a estudiar cada movimiento,
cada beso, cada camino de saliva, voy a imitar los quejidos y cómo la
enfermera Laura estira los labios para que el otro se los muerda.
Voy a escuchar los cuentos del auxiliar, de sus tardes de pelota en
Litueche, siempre en Litueche, pudriéndose de aburrimiento, hasta que
un doctor alto y fornido lo recomendó a la capital. Quiero aprender y
mojarme entera. Quiero sentirme mojada entre las piernas, que el
auxiliar Juanito vaya hasta allí abajo y conozca lo que debe conocer.
Espero que lleguen, estoy en cama esperando el momento en que la
puerta se abra bien despacio y entren los dos cuchicheando y
riéndose. Ni respiro, los ojos bien abiertos para no quedarme
dormida, me muerdo los labios para evitar la pesadez de los párpados y
es imposible, voy cayendo en un sueño de pozo oscuro y no puedo
volver a ser la de siempre: la que espera en silencio, con la
respiración tan leve que ni las sábanas se mueven, la que quiere
mirar porque no tiene nada más que hacer, salvo mirar y mirar hasta
el hastío, hasta que tiriten las piernas y se entumezcan los brazos,
hasta que el corazón bombee tan fuerte adentro mío, tan fuerte que
todos los demás lo sientan... bom, bom, bom. Salvo mirar con los
dientes apretados y las uñas comidas y sangrantes.
Los oigo llegar y no puedo moverme de esta cama. La enfermera Laura
me puso una dosis extra para que no llorara, dijo despacito, para que
no llorara nunca más, porque las lloronas son feas y nadie, nadie en
el mundo se fija en una de ojos hinchados y rojos, nadie las quiere.
Cómo quisiera levantarme, subir arriba de la mesa y acercar mi cara
al tragaluz que divide las dos piezas: la pieza vacía y mi pieza, la
que tiene el cuadrito de esos perros horribles jugando al poker . No
puedo, ya estoy dormida, el sueño me hace ver a la enfermera Laura y
al auxiliar Juanito, esta vez en un rincón, besándose, mientras él
desliza su mano por las piernas de panties blancas y ella se deja,
totalmente sensual e inerme, los brazos arriba, pegados a la pared, una
pierna apoyada en la pierna del auxiliar. El le besa el cuello,
desabotonándola, ella lo ayuda impaciente y de labios húmedos, ella
lo ayuda hasta que brotan esos pechos enormes, tan morenos, de
areolas como soles, él se inclina un poco y lame, ella cierra los
ojos tirándole el pelo, atrayéndolo hacia ella para que lama más,
para que chupe más cada pezón. Yo los miro sin respirar y mi piel se
intranquiliza cada vez que él le mete la mano en el calzón y ella se
ríe, cada centímetro de mi piel se moja con los jugos de la enfermera
Laura, que abre las piernas para que él la penetre de pie, despacio
ahora, enervantemente despacio, como si tuvieran todo el tiempo del
mundo, como si nada importara, sobre todo que ahora ella lo trepa
para estar más cómoda y sentirlo más, siempre más.
El mejor instante, sin duda, es cuando ella mira hacia arriba y me
ve. Sonríe, me guiña un ojo, después continúa su tarea.
-¿Cómo amaneció?
Tengo los ojos cubiertos de legañas y la boca seca, no quiero
abrirlos para comprobar que sí, que una nueva mañana comienza y hay
que correr al patio a recoger hojas secas. Respondo con los ojos
cerrados, ocultándome entre las sábanas.
- Esta es la triste historia del Fundo de Oro, donde todos culean menos el toro, ¡huifayayai!
- Y dale con la cueca. ¿Dónde aprende tanta cochinadita?
Quisiera decirle que de ella misma, que de puro picada porque yo
quedo en el patio de atrás, a mí no me toca ni el último rastrojo de
la torta. En cambio, le cuento una historia de niñez en el campo, de
un capataz que me la cantaba al oído, con sus bigotes filudos
rozándome la cara, agarrándome las caderas con sus manos curtidas y
de uñas sucias. Mentiras, por supuesto, invenciones de una mujer
criada a la orilla del Matadero, en calle Buzeta, donde ahora venden
repuestos de autos y aceite por litros.
Se sorprende la enfermera Laura preguntándome si alguna vez acusé al
capataz degenerado, si lo acusé a mi papá, el patrón. Y le contesto
que no, que en el fondo el capataz me gustaba, que a los doce años ya
me gustaba que deslizara sus dedos callosos por mis pechuguitas.
- Me voy a levantar para ir a buscar hojas - le digo con un entusiasmo que desconozco.
- Hoy no - responde -. Hoy viene la sicóloga para hacerle un test.
-¿Qué sicóloga, para qué?
- Parte del tratamiento – agrega , limándose las uñas con una lima de cartón que acaba de sacar de su bolsillo.
Por primera vez me siento más sola que nunca, abandonada como una
perra preñada en algún basural. Miro el tragaluz empañado, me
gustaría irme a la pieza vacía y no pensar en nada.
-¡No quiero ver a esa sicóloga de mierda. Qué mierda me van a hacer! ¡No! –grito.
- Cálmese –la enfermera Laura se pone tensa y me toma del brazo, apretándolo un poco. Mira hacia la puerta de entrada.
- Cálmate - repite, murmurando algo más entre dientes, algún garabato que no alcanzo a oír.
Comienzo a odiar a la enfermera Laura. Me gustaría matarla aquí mismo, destazarla, faenarla, despostarla.
- Le voy a decir al doctor que usted tira con el auxiliar en la
pieza vacía. Le voy a decir todo y la van a echar cagando, yegua de
mierda.
- ¡ Shhht ! No grite, no tiene para qué gritar - se desespera, mirando a todos lados.
- Présteme al auxiliar y yo no digo nada.
-¿De qué habla? Son puras imaginaciones suyas.
- Usted sabe que no - indico el tragaluz.
Ella se queda callada, sin saber qué decir ni qué hacer. El silencio
me molesta. Mira al suelo, indecisa, hasta que de repente alza la
vista.
- Se lo vamos a consultar.
Después de la reunión con la sicóloga, que me mostró unas manchas
de ardilla aplastada, paso la mañana en el patio, caminando. Tengo
miedo, miedo de que el auxiliar Juanito venga por la noche, junto con
la enfermera Laura y entre los dos me toquen, me investiguen. ¿Qué
hallarían? Sólo retazos de pena, un sexo antiguo de película muda. He
contado mil veces cuántos pastelones hay desde aquí hasta la gran
reja de fierro. Mi cuerpo no está preparado para una caricia, así lo
siento. A lo lejos, veo a Julia tomando el sol junto a una enfermera
nueva, que aún no le sé el nombre. Julia y sus cicatrices asoleadas.
Va a comenzar el verano y estoy aquí. Me contaron que pronto van a
llenar la piscina...para que los locos se ahoguen.
El auxiliar Juanito se acerca a mí. No puedo soportar mirarlo, mis
manos transpiran. Su sonrisa me obliga a verle los ojos.
- Era una broma - le digo, avergonzada.
- Hoy , en la pieza vacía. A las doce.
Se va, las manos en los bolsillos. Silba algo que reconozco, una canción que alguna vez yo canté cuando chica.
El tiempo pasa lento desde el anuncio del auxiliar. El tiene los
ojos negros como boca de lobo, negros como una laguna pantanosa,
negros como las guindas que él comía en Litueche. Esos mismos ojos
atravesarán mi cuerpo esta noche. Y el miedo me comerá de a poco.
Yo no respiro cuando debo volver para la hora de almuerzo. No
respiro hasta que Francisco me da de comer y me pregunta si he visto
la pelota de ping-pong .
Estoy en cama, esperando. La enfermera Laura no me inyectó esta noche.
- Para que lo sienta todo - dijo.
Y es verdad que estoy bien. Lúcida, los ojos bien abiertos.
Cuando son las doce me levanto, tanteo hasta dar con las pantuflas.
Quisiera estar vestida con los atuendos del sexo: portaligas,
encajes, algo así. Aprieto hacia atrás la camisa de dormir y mi
cuerpo se vislumbra en la oscuridad. Salgo. Camino dos pasos y entro a
la pieza vacía. Juanito y la enfermera Laura están sentados en la
cama, a oscuras.
- Ella va a mirar - dice el auxiliar.
- Me da vergüenza - respondo, intentando irme.
- Usted haga lo que tiene que hacer - interviene la enfermera Laura
sonriendo, después me secretea: -¿Se cambió de calchuncho?
- Estoy sin - le digo, riéndome también.
La enfermera Laura va a un rincón y se sienta en el suelo, arropada con una frazada. Saca un tejido.
- Ven - dice el auxiliar, desde la cama. Yo obedezco.
- Vas a cerrar los ojos y vas a dejar que te toque, ¿me entiendes? -
la voz del auxiliar es un susurro, como la hoja de un árbol cayendo.
Hago lo que él dice.
-Ponte de rodillas y levanta los brazos.
Mi camisa se desliza hacia arriba, la respiración del auxiliar
calienta mi espalda. Me abraza por detrás, muy cerca mío, pegado a
mí, sus manos grandes ahora son mías, su lengua va por mi cuello, me
levanta el pelo para lamer mis hombros. Siento que se desnuda, siento
pasos.
- Viene alguien.
- Shhht... - dice el auxiliar, inclinándome la cintura hasta quedar con la cabeza en la almohada.
- Viene alguien.
-Shhht... - su voz me eriza entera, sus labios ya han llegado a mis
nalgas. Me inclino más y más hasta que siento su lengua caliente. Su
respiración se hace cada vez más rápida. Oigo a la enfermera Laura
muy cerca mío, huelo sus Flores d’Amor. Abro los ojos.
- Usted es preciosa – dice , mientras acaricia al auxiliar, que ahora me da la espalda para besarla.
Miro cómo ellos ruedan por la cama, ágiles, en un apuro que no
comprendo. La enfermera se va despojando de su ropa, el auxiliar la
ayuda, nervioso, desesperado con esos pechos, con el vientre blanco y
el pelo de las axilas. Desesperado y erecto.
Les hago hueco, encogiéndome, pero ella me invita a unirme y no sé
el momento en que estamos los tres enlazados hasta la misma muerte.
Cuando el auxiliar me penetra, yo sé qué sabor tienen los pechos de la enfermera Laura.
-¿Cómo amaneció?
- Esta es la triste historia del Fundo de Oro, donde todos culean menos el toro...
- ¡ Huifayayai ! - canta la enfermera Laura.
Estoy feliz. Me tomaría una botella de pisco.
- Gracias .
-¿Y por qué?
- Por lo de anoche.
-¿Anoche?
- En la pieza vacía...
- Anoche no tuve turno y me fui temprano - responde arreglando el cubrecamas.
Prefiero no insistir. Debe tener un poco de tristeza. No conozco muy
bien sus sentimientos. Si nos encontráramos en la calle hablaríamos
de plantas o de hierbas medicinales. Me contaría de su marido y de
sus hijos o de cómo preparar unas buenas pantrucas. Por su sonrisa sé
que ella es mi cómplice y es mejor que no tenga memoria de este
hecho, que deje sus recuerdos en borrador.
Siento ruidos al lado, alguien que entra y que abre la ventana, una
conversación en voz baja. Miro a la enfermera Laura para que me de la
respuesta.
- Llegó una nueva paciente - dice sin inmutarse.
-¿No hay otra pieza disponible?
- No . La pieza vacía es la única que queda.
- Tan cargada que está esa pieza. Capaz que la paciente lo note.
Finge no oírme. Se mira un rasguño en su brazo. Apenas ella se va yo
subo y miro por el tragaluz. Es tan distinta la pieza iluminada de
sol, es casi infantil con su cortina de nubes azules y su cama que ha
sido cambiada de lugar y que, ahora, mira hacia la ventana. Una
mujer joven recorre el lugar, pasa la mano por las paredes, observa
hacia la calle con aceptación total. Después va hacia la maleta y
saca un retrato que coloca sobre la mesita. Aún no le veo la cara
porque la enfermera le conversa y la ayuda a ponerse una camisola
liviana. Cuando la mujer queda sola se recuesta en la cama y llora.
Desde aquí yo también lloro. No por ella ni por su amante encarcelado
en la foto, sino porque antes, hace unos minutos, ella ha recogido
del suelo mi pulsera, se la ha puesto y la ha mirado con ternura y
con la certeza de que nunca más se la sacará. Ella es la dueña de la
pieza y de mi pulsera. El auxiliar quizás vendrá por las noches a
consolarla, quizás le hará el amor, le dirá que sueña con ella a
plena luz de día y que algunas veces llora porque no la ve como
quisiera verla. No. Yo podría matar al auxiliar si esto sucediera, él
jamás alcanzaría a poner un pie en la pieza vacía para seducir a la
nueva. Y si lo hiciera, si alcanzara a cruzar el umbral, desde el
tragaluz vería el brillo metálico de mi cuchillo, oscilando en la
noche. La advertencia silenciosa.
Por un momento me detengo. Es estúpida esta reacción de celos.
Pienso en la enfermera Laura y ella sí es parte del auxiliar. Los
dos, los siameses, han desatado el deseo que no es más que algo
crepuscular que atraviesa mi vida. Algo que no tiene nada de
luminoso, al contrario, es como un ciego paseando por un despeñadero.
Y este deseo no tiene futuro. El auxiliar nunca me echará de menos. Dirá: ¨ Yo no echo a nadie de menos ¨.
Siento una pena infinita porque todo carece de sentido. No puedo
hacer nada salvo bajar de mi trono de mirona e ir descalza a caminar
por el patio recién regado, meter los pies entre los helechos hasta
mojarlos y ensuciarlos con barro, resbalar y caer y correr, correr,
correr por el pasto verde, verde, resbalar y caer y rodar, pinchar
mis manos con las espinas de las rosas, comer flores de buganvilia y
hacer sangrar mis rodillas con el cemento trizado de la piscina.
Me recoge el auxiliar Juanito. Lo miro desde abajo y sé que su
sonrisa es sincera. Cuando se arrodilla a mi lado y me saca una
maleza de la boca le digo que cuando salga de aquí no volveré a casa,
que tendré que irme muy lejos, donde nadie sepa mi nombre.
- Váyase a Litueche - aconseja el auxiliar.
-¿Es bonito?
- Sí.
-¿Qué hay?
- Nada.
-¿Me iría a ver?
El no contesta. Ofrece el brazo para que yo me pare. No hablo a
medida que caminamos hacia adentro. Pienso que en Litueche las piezas
vacías sobran. Imagino que allá podría comer guindas y llorar a la
vez o enamorarme de algún doctor alto y fornido que esté solo.
- Lléveme al baño, límpieme... - mi voz casi no se oye.
Y él obedece. Echa a correr el agua de la tina y lava mis pies con
una esponja que ha encontrado en el suelo. Después me lava las
piernas, las manos y la cara, silbando la misma canción de siempre.
No me mira mientras levanta la camisa de dormir y su dedo índice
acaricia cada vértebra de mi columna.
- Perrita choca - dice .
Giro hasta que nuestros labios se encuentran y se tocan. Pero no me
besa, retira la cara con lentitud y ya sé que todo esto es una
despedida, que él no volverá nunca más a la pieza vacía. Quedo sola
en el baño. Voy al espejo y miro: el auxiliar y yo hacemos el amor
sin pudor alguno.
Durante la noche le ruego a la enfermera Laura que me cante para dormir hasta el día de la partida.
- No sé cantar - dice ella, disculpándose.
Un miedo muy profundo comienza a acecharme, miro el cuadro de los
perros y sé que no me iré tan luego como pensaba, que de alguna u
otra manera me he contagiado de la locura de Julia y Francisco, de la
nueva que mira mi pulsera con devoción exasperante . Por primera vez
siento tan fuertemente que este lugar es horrible y que yo no lo
soporto, que todos los lugares son insoportables.
- Entonces máteme. Haga algo - le digo, descontrolada.
- Va a tener que vivir no más – sentencia .
-¿No hay nada que hacer? - le pregunto.
Y se encoge de hombros.
.
***
"La pieza vacía" pertenece al volumen de cuentos El otro afuera (Cuarto Propio, 2002).
Extraído de http://lilielphick.blogspot.com/2009/02/la-pieza-vacia.html
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Ex
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