En la embajada alemana me alabaron el pelo. Yo, callada. Cuánta razón tuvo el lLucho en arrastrarme a elegir una peluca cuando recién empecé el tratamiento y me resistía a enfrentar mi futuro inmediato -tres semanas- en que el espejo me mostraría la caída total e inminente del cabello. Es una solución harto prosaica, pero que me permite no llamar la atención en grupos grandes de gente. La peluca es bastante parecida a mi antigua melena. No quedó bien enseguida y me significó varios viajes a la calle Carmen acompañada de mi generosa ya dorable amiga Cecilia Salas, que con sus manos de artista me ayudó a determinar los toques precisos en rpo de la naturalidad. Pero en la casa ando sin nada en la cabeza y a veces me pongo un pañuelo como las gitanas.
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