AGATA GLIGO - MIÉRCOLES 19 DE FEBRERO DE 1992

Después de Mi pobre tercer deseo me sentí por primera vez con facilidad de pluma. Segura de que escribiría mi tercer libro rápidamente y sin problemas. Tenía algunas razones para pensar así: las mejores páginas de la novela fluyeron de la nada en la etapa de corrección final. Rehíce en corto tiempo varios párrafos y un capítulo entero. Creí haber adquirido una destreza para siempre. Si no la usaba enseguida, sería por las circunstancias de mi trabajo de entonces, tan poco propicias para la literatura.
En ese año 1990, los nuevos autores proclamaban en las conferencias que en la década anterior esscribir era cosa de vida o muerte. Yo pensaba que escribir es siempre cosa de vida o muerte. Me refería, por supuesto, a la realización de la esperanza, a la construcción de la propia vida. Ni remotamente relacionaba la escritura con la sobreviviencia biológica.
Ahora es distinto. Si no escribo, ¿cómo podré seguir viviendo? Ha pasado más d eun año y medio y no tengo una trama clara. Mis dificultades son grandes en los inicios de una obra. Intereses humanos e intelectuales y la oferta de símbolos que presenta el universo se entremezclan a mi alrededor en una confusión tremenda, sin prioridades ni niveles. El progreso que antes mencioné es la otra cara del desconcierto. Porque antes escribía desde una herida evidente, propia y profunda, que quizás me limitaba, pero que de laguna manera señalaba el camino.
Creo que mis dos libros y el fluir de la vida han sanado en parte esa herida, esa necesidad de que el ser humano se exprese en una obra exterior a sí mismo que le corresponda o lo supere, como única manera de unirse al mundo. Es una queja que dejé atrás. Ahora quiero apresar la realidad desde varias de sus puntas. Pero eso mismo, al revés de lo que pensé, se me hace aun más difícil que antes el comienzo.
Leí el borrador de la novela que Pepe Donoso está escribiendo sobre Lota. Une de manera magistral lo subterráneo y oscuro de las minas de carbón con lo subterráneo y oscuro del hombre. He sentido nuevamente que leyéndolo aprendo mucho, aunque no sé en que medida soy capaz de aplicarlo.
El miércoles vino a tomar té y comentamos varios episodios. Luego Pepe me preguntó:
- ¿Y tú?
- Yo, aquí.
- ¿Qué pasa con la escritura? No puedes no escribir.
Me pareció oír: no puedes no vivir. Pero sin duda me equivoqué.
Entonces hablé de mis inquietudes literarias actuales, después de haber vivido esas grandes experiencias del año 1990: el ejercicio del cargo de directora de cultura y luego, en agosto, el diagnóstico de la enfermedad. Le expliqué que no sabía por dónde empezar a trabajar y le pedí que con base ne todo eso me diera algún consejo.
- Ningún consejo sirve -me respondió.
- Lo sé. Pero de todas maneras quiero uno.
Entonces dijo:
- Llevar diario de escritor.
Y reiteró:
- Diario de escritor, no diario de vida.

Diario de una pasajera.

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