¿por qué soñé ese episodio horrible? Es cierto que justo antes de dormirme hablé una hora por teléfono con Diamela y, como siempre ocurre, nos pusimos al día pasando revista a varios temas: el desarrollo de los talleres literarios que ambas dirigimos: el desarrollo de los talleres literarios que ambas dirigimos; la preocupación del Ministerio de Educación por haber organizado para octubre los festejos delos setenta años de José Donoso sin darse cuenta de que en septiembre cumpliría ochenta Nicanor Parra; la importancia de corregir esa gaffe sin que pierda un ápice de brillo el homenaje a Pepe; el accidente de la actual directora de Cultura y mi creencia de que ese cargo está maldito, ya que caen sobre sus titulares desgracias espantosas, y si no caen, nadie puede permanecer mucho tiempo en el puesto por motivos tan dispares como justificados. El golpe hirió a Marcia en pleno rostro y en forma notoria, pero los médicos dicen que afortunadamente las huellas desaparecerán. Encuentro preferible tener cáncer a desfigurarse la cara. A la hora de almuerzo, Lucho y Jorgelina encontraron esta opinión un tanto disparatada. Diamela no se pronunció, siempre me enriquece hablar con Diamela. Me gusta su cuestionamiento de los establecido, se trate de filosofía, política, literatura o chismes.
Cuando recién conocía a Diamela, hace más o menos ocho años, tenía reservas hacia ella por su percepción de la gente, que destacaban con puntería los defectos, incoherencias, resentimientos, caídas y fractura de cada uno. A pesar de la admiración que le tuve desde el primer momento, me desconcertaba su acidez respecto a personas que veía con frecuencia o de las cuales, incluso, había recibido algún favor. Yo en esa época tenía del defecto contrario, solo era capaz de relacionarme bien con gente que estimara y quisiera. Orgullosa de mi autenticidad,m no percibía su componente de egocentrismo: solo importaban mis ídolos y el resto del mundo no existía. Una tonta incondicionalidad que ahora, afortunadamente, he perdido. Noto que también Diamela ha cambiado, pero en el sentido contrario. Ha evolucionado hacia la tolerancia, y hacia una posición más comprensiva y amorosa: ve mucho más que antes lo amable de los seres humanos.
Pero no era de esto que quería hablar. Lo terrible fue el sueño. Un grupo de siete personas, vestidas de negro, al parecer integrantes de una religión de una secta, se habían preparado para morir voluntariamente. El tiempo de espera había terminado y se acercaban a la entrada de una tumba de piedra a la cual descenderían vivos. Entre ellos estaba Diamela y la mujer de mi hermano. Tratamos de disuadirlas, pero era inútil, pues estaban completamente decididas. Mi hermano decía: "Qué se le va hacer, siempre ha hecho lo que ha querido." Parecía resignado y se paseaba alrededor de la tumba como cumpliendo el deber de acompañar a su mujer. Yo, en cambio, estaba desesperada. Hablaba con Diamela, trataba de convencerla, lloraba. Descendía a la tumba con otras autocondenadas, y las que no bajaban ponían encima una gran lápida de piedra.
Llegaron la madre de Diamela, Sonia Montecino, vestida de blanco Eugenia Brito, Lotty Rosenfeld, otras amigas, algunas críticas literarias. Venían a un velorio, a un hecho consumado. Parecían comprender el motivo de su sombría determinación, la encontraban concordante con su historia, y movían discretamente la cabeza en actitud de sabias. Me compadecían y quizás despreciaban por no comprender nada.
Mi hermano y yo permanecimos rondando el lugar durante más de dos días. Al tercero, una de las mujeres que puso la lápida nos dijo que sin duda ya habían muerto, que era mejor que nos fuéramos. Mi hermano repetía: "se terminó." Yo no lo aceptaba. Me quedaré aquí, esperaré, decía. No fue inútil. De repente Diamela apareció en la superficie, viva y fuera de la tumba. ¿Vivirás , le pregunté. Pero ella no hablaba, solo miraba, con los ojos muy abiertos, mucho más claros de lo que son en realidad. Aunque no había muerto, volvería a enterrarse, volvería a morir.
Amanecí llena de dolor y de preguntas. ¿Qué significaba ese sueño horrible? Antes de dormirme, también hablamos de la idea de Diamela de cambiar de editorial, a raíz de que Planeta no va a publicar Los vigilantes en el plazo acordado. Diamela estaba molesta y lo dijo. ¿Consideraría mi subconsciente que su decisión era suicida? No lo creo. Esa actitud de capricho -o firmeza- puede valorizar frente a los editores a una autora de su prestigio.
Más bien pienso en lo que me decía el gigante. No es ella la que baja ala tumba, soy yo. Yo me suicido, me entierro viva. Y elijo para soñarlo la noche en que acabo de hablar largamente de literatura con otra escritora, a quien sé mucho más prolifera que yo. La palabra publicación, repetida en medio del diálogo telefónico, debe haber sido el detonante del episodio. Revivió mis argumentos, mi llanto, mi angustia junto a la tumba. Mi parte escritora no quiere morir, a pesar de mi dispersión y mi descuido.
DIARIO DE UNA PASAJERA, 1997
Cuando recién conocía a Diamela, hace más o menos ocho años, tenía reservas hacia ella por su percepción de la gente, que destacaban con puntería los defectos, incoherencias, resentimientos, caídas y fractura de cada uno. A pesar de la admiración que le tuve desde el primer momento, me desconcertaba su acidez respecto a personas que veía con frecuencia o de las cuales, incluso, había recibido algún favor. Yo en esa época tenía del defecto contrario, solo era capaz de relacionarme bien con gente que estimara y quisiera. Orgullosa de mi autenticidad,m no percibía su componente de egocentrismo: solo importaban mis ídolos y el resto del mundo no existía. Una tonta incondicionalidad que ahora, afortunadamente, he perdido. Noto que también Diamela ha cambiado, pero en el sentido contrario. Ha evolucionado hacia la tolerancia, y hacia una posición más comprensiva y amorosa: ve mucho más que antes lo amable de los seres humanos.
Pero no era de esto que quería hablar. Lo terrible fue el sueño. Un grupo de siete personas, vestidas de negro, al parecer integrantes de una religión de una secta, se habían preparado para morir voluntariamente. El tiempo de espera había terminado y se acercaban a la entrada de una tumba de piedra a la cual descenderían vivos. Entre ellos estaba Diamela y la mujer de mi hermano. Tratamos de disuadirlas, pero era inútil, pues estaban completamente decididas. Mi hermano decía: "Qué se le va hacer, siempre ha hecho lo que ha querido." Parecía resignado y se paseaba alrededor de la tumba como cumpliendo el deber de acompañar a su mujer. Yo, en cambio, estaba desesperada. Hablaba con Diamela, trataba de convencerla, lloraba. Descendía a la tumba con otras autocondenadas, y las que no bajaban ponían encima una gran lápida de piedra.
Llegaron la madre de Diamela, Sonia Montecino, vestida de blanco Eugenia Brito, Lotty Rosenfeld, otras amigas, algunas críticas literarias. Venían a un velorio, a un hecho consumado. Parecían comprender el motivo de su sombría determinación, la encontraban concordante con su historia, y movían discretamente la cabeza en actitud de sabias. Me compadecían y quizás despreciaban por no comprender nada.
Mi hermano y yo permanecimos rondando el lugar durante más de dos días. Al tercero, una de las mujeres que puso la lápida nos dijo que sin duda ya habían muerto, que era mejor que nos fuéramos. Mi hermano repetía: "se terminó." Yo no lo aceptaba. Me quedaré aquí, esperaré, decía. No fue inútil. De repente Diamela apareció en la superficie, viva y fuera de la tumba. ¿Vivirás , le pregunté. Pero ella no hablaba, solo miraba, con los ojos muy abiertos, mucho más claros de lo que son en realidad. Aunque no había muerto, volvería a enterrarse, volvería a morir.
Amanecí llena de dolor y de preguntas. ¿Qué significaba ese sueño horrible? Antes de dormirme, también hablamos de la idea de Diamela de cambiar de editorial, a raíz de que Planeta no va a publicar Los vigilantes en el plazo acordado. Diamela estaba molesta y lo dijo. ¿Consideraría mi subconsciente que su decisión era suicida? No lo creo. Esa actitud de capricho -o firmeza- puede valorizar frente a los editores a una autora de su prestigio.
Más bien pienso en lo que me decía el gigante. No es ella la que baja ala tumba, soy yo. Yo me suicido, me entierro viva. Y elijo para soñarlo la noche en que acabo de hablar largamente de literatura con otra escritora, a quien sé mucho más prolifera que yo. La palabra publicación, repetida en medio del diálogo telefónico, debe haber sido el detonante del episodio. Revivió mis argumentos, mi llanto, mi angustia junto a la tumba. Mi parte escritora no quiere morir, a pesar de mi dispersión y mi descuido.
DIARIO DE UNA PASAJERA, 1997
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