Todos tenemos convicciones: son firmes, tranquilan, recurrimos repetidamente a ellas, nos identifican ante nosotros mismos, cuesta cambiarlas pues se establecen como lo que son después de vacilaciones, errores, tentativas rechazadas, y mientras duran parecen definitivas, un puerto de llegada donde apoyarse a descansar. Nietzche suele advertir contra ellas diciendo que son peores enemigas de la verdad que las mentiras, más peligrosas que estas. Las considera casi idénticas a las creencias, algo que todos tenemos, y hay que ver, exclama ¡Las cosas que todo el mundo está dispuesto a creer! Mentir es difícil, hay que seguir inventando para sostener una mentira, todo parecer conspirar contra el mentiroso, una mentira tras otra acaba en un enredo sin fin. Pero si uno cree en la mentira que ofrece a los demás, la situación cambia. El filósofo sostiene que es la mentira de esta última clase, la creída por nosotros o convertida por convicción, la forma más frecuente de mentira. La otra, la mentira a sabiendas o verdadera, sería menos frecuente. Cito un pasaje representativo.
"Este no querer ver lo que se ve, el no ver así como se ve, es casi la primera condición del que s ehace partidario en cualquier sentido; el partidario se vuelve necesariamente mentiroso. La historiografía alemana, por ejemplo, está convencida de que Roma fue el despotismo, que los germanos trajeron al mundo y el espíritu de la libertad: ¿qué diferencia hay entre esta convicción y una mentira? ¿Estará permitido todavía admirarse de que todos los partidos, también el de los historiadores alemanes, lleven en sus bocas instintivamente las grandes palabras de la moral? ¿Qué la moral permanezca casi solo debido a que los hombre de toda las clases que se hacen partidarios la necesitan a cada momento?"
En consecuencia, el filósofo sostiene que mentir a partir de principios o de convicciones partidarias es más corriente y más fácil, pero no más decente, que mentir por conveniencia.
Apuntes al margen, 2015
"Este no querer ver lo que se ve, el no ver así como se ve, es casi la primera condición del que s ehace partidario en cualquier sentido; el partidario se vuelve necesariamente mentiroso. La historiografía alemana, por ejemplo, está convencida de que Roma fue el despotismo, que los germanos trajeron al mundo y el espíritu de la libertad: ¿qué diferencia hay entre esta convicción y una mentira? ¿Estará permitido todavía admirarse de que todos los partidos, también el de los historiadores alemanes, lleven en sus bocas instintivamente las grandes palabras de la moral? ¿Qué la moral permanezca casi solo debido a que los hombre de toda las clases que se hacen partidarios la necesitan a cada momento?"
En consecuencia, el filósofo sostiene que mentir a partir de principios o de convicciones partidarias es más corriente y más fácil, pero no más decente, que mentir por conveniencia.
Apuntes al margen, 2015
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