CARLA CORDUA - EL ESPÍRITU DE LOS TIEMPOS

Los románticos se llenaban de entusiasmo pensando en que, además del espíritu de cada quien, había uno de los tiempos. Sin insistir pedantemente en ponerles fechas de comienzo y medidas de duración, los tiempos así ennoblecidos adquirían una unidad, una personalidad, un carácter. Como es sabido, lo que tiene espíritu es capaz de acciones eficientes, de ejercer influencia, de moldear lo informe, de marcar lo anónimo. Los hombres de tales tiempos influyentes y poderosos recibían los efectos benéficos procedentes del romanticismo reinante. Celebrando su suerte, los románticos cantaban, rezaban, escribían y celebraban al espíritu de su tiempo. Y no pensaban, ni por un minuto, en otros espíritus de otros tiempos diferentes, no menos poderosos, quizás, pero inspirados de otra manera, tal vez áspero o incluso rabiosos.
El fundador del teatro de la crueldad, Antonin Artaud, pensaba que el fin del siglo XIX y los comienzos del XX eran un gran caso de tiempos enfermos; que la sociedad humana de su época estaba corrompida y que había que tratar de lograr que el público se hiciese cargo de su condición. Su teatro de la crueldad aspiraba a ofrecerle al público un tratamiento que lo forzara a darse cuenta de lo que evitaba reconocer. La experiencia teatral, como la de todo arte, encarna e intensifica las brutalidades subyacentes a la vida con el fin de recrear la conciencia del carácter de esa experiencia. Es interesante ver que Artaud, tan ajeno al romanticismo y la tentación de creer en un espíritu dominante, afirma, sin embargo, la existencia de una fuerza epocal que se ejerce sobre los hombres a través del pensamiento del artista. Dice: "El pensamiento con el que actúan los escritores no actúa solamente por medio de las palabras escritas, sino también ocultamente antes y después de lo escrito, porque ese pensamiento es una fuerza que está en el aire y en el espacio en todos los tiempos."

APUNTES AL MARGEN, 2015

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