Muchos lazos hay entre los miembros de una familia, recuerdos comunes y rencores mutuos que de algún modo se equilibran y se suman a los hábitos buenos y malos que recorren, en grados diferentes, a todos y a cada uno: los parecidos físicos, la amenaza de las enfermedades hereditarias y de otras lacras y virtudes. Pero nada es tan íntimo, tan común, tan estable como lo que ha hecho reír en coro a todos los familiares cuando, sentados alrededor de una mesa, celebran ruidosamente una broma, la ridiculez de un conocido, las manías de un pariente lejano ausente de momento. Si hay un forastero entre ellos se sentirá solo y avergonzado por la necesidad de los demás: no es de la familia. La espesa comunidad fundada sobre la broma que se repite a pesar de ser archiconocida no admite de buen grado la incorporación de nuevos miembros en el colectivo. Lo característico de tal tesoro humorístico familiar es su estabilidad: si fue hilarante una vez y se asentó como tal, siempre retornará igual a sí mismo y conservará su capacidad contagiosa y envolvente, fundamento de la familiaridad. Así es como las familias llegan a conservar, en general, algunas bromas conocidas de todos, siempre disponibles para ser repetidas solo porque ya han sido celebradas en familia muchas veces. Debido a que la repetición más bien las fortalece, no suelen perder su comicidad con el paso de los años y con el retorno a lo mismo. Mas bien al revés: si los cuentos familiares son repasados frecuentemente se mantienen frescos y la memoria familiar los reconoce al vuelo y se siente confirmada. Basta una leve alusión a lo siempre festejado para que la hilaridad compartida se desate nuevamente confirmando una vez más de qué se alimenta la familiaridad.
APUNTES AL MARGEN, 2015
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