Kafka era desgraciado en la casa ruidosa e inquieta de sus
padres pero no se decidía a dejarla, aunque no dependía económicamente de ellos.
Este era uno de los sufrimientos, entre otros muchos, que lo torturaban, sin
que sus penas lo empujaran a buscarle una solución. Aunque el remedio de cada
uno fuera fácil y obvio, Kafka ni lo veía ni lo buscaba. Su existencia consistía,
más bien, en sufrir aquellas torturas y en ir madurando en su convicción de que
él no estaba hecho para la vida. Sus cartas están llenas de las descripciones
genial es de aquellos que hace al mundo a la vez tan deseable como invivible. A
la futura novia, a la que ha visto por un momento en una sola y breve ocasión,
le dice (3.XI.12): “En efecto usted contó ya entonces, y no sé cómo pude
olvidarme, que para usted era una sensación desagradable vivir sola en un
hotel. Yo dije probablemente entonces, a propósito de ello, que yo por el
contrario me sentía particularmente cómodo en una habitación de hotel. Ahora
bien, para mí es de veras así, lo experimenté especialmente el año pasado,
cuando durante el pleno invierno tuve que viajar por bastante tiempo por
ciudades y pueblos de la bohemia del norte. Este espacio de una habitación de
hotel entre cuatro paredes a la vista, tenerlo para mí y cerrado con llave,
sabiendo que mis posesiones, compuestas de diversas piezas específicas, están guardadas
en lugares determinados de los armarios, las mesas y las sillas de los
colgadores de ropa, me da siempre de un nuevo por lo menos el hálito del sentimiento
de una nueva existencia no desgastada, destinada a algo mejor, que en lo
posible esté dispuesta a engancharse; todo lo que, en cualquier caso, tal vez
no sea sino una desesperación que se arroja fuera de sí y se encuentra en esta tumba
fría de una habitación de hotel en su verdadero lugar. En cualquier caso
siempre me sentí muy bien allí de casi
todas las habitaciones de hotel en las que me alojé no puedo decir sino la mejor”.
APUNTES AL MARGEN, 2015
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