CARLA CORDUA - LA POLÍTICA


En materias de religión, de salud, de deportes, de juegos y gustos hablamos sin disimulo cuando consideramos nuestra propia salvación, nuestro bienestar, nuestros intereses. Tratándose de política, tal naturalidad egoísta no cabe, pues reconocemos que lo que están en juego en ella es nuestra coexistencia con otros y la de los demás con nosotros. Las realidades compartidas traen consigo un cambio característico de perspectivas; la comunidad de la que formamos parte y con la que nos reconocemos práctica y moralmente obligados. Como no estamos forzados a cumplir con las obligaciones por el solo hecho de reconocerlas, es no solo posible sino frecuente hablar de políticas e incluso actuar políticamente, sin abandonar el terreno de los intereses exclusivamente personales. Pero aunque la política no presupone una superación del egoísmo individual, su horizonte y sentido colectivos han acabado fundando un lenguaje adecuado a estos asuntos. El vocabulario de la conversación política está ajustado al interés del bien común, de la cosa social, en la prestación de servicios y ayudas. Pero se lo usa frecuentemente sin tener tales asuntos sociales en vista, ni para servirlos. Desde luego, no es nada fácil concebir con claridad y coherencia en qué consiste el bien del complejo social al que pertenecemos como agentes políticos. Debido a que las sociedades humanas son múltiples, diversas y hasta cierto punto fracturadas, nos enfrentamos a un rompecabezas cuando se trata de adoptar una conducta práctica que siempre considere dicho bien con respeto y preocupación. La verdad es que, antes de resolver este problema de la obligación con nuestros conciudadanos, recaemos en las conductas personalistas y nos abandonamos a la acción que cultiva la conveniencia egoísta. La conversación política es, por razones tanto morales como naturales, un nido de hipocresías.

Recurrimos a la simulación no solo para parecerles bien a los demás sino también y principalmente para incrementar la paz y la conformidad con nosotros mismos. Nos importa, nos decimos, el conjunto humano tanto o más que las consideraciones egoístas. Hablar con nuestros conciudadanos de política equivale a colocarse en esta perspectiva problemática y sospechosa. El discurso social y político es un punto de encuentro de apariencias hipócritas porque los que hablan con los demás en voz alta de los asuntos de la comunidad se sienten obligados a idealizar tales asuntos y su propia relación con ellos, a demostrar una preocupación moral en ellos que tal vez no tienen sino mientras hablan, a exigirles a los demás un comportamiento impecable allí donde ellos suelen preferir la propia conveniencia. Podemos, sin dificultad, hablar acerca de asuntos personales en un lenguaje sin pretensiones, pero nos pesa tanto la responsabilidad que tenemos hacia nuestros conciudadanos y la sociedad que integramos que, cuando discutimos este aspecto de nuestra existencia compartida, casi nunca resistimos la tendencia a disfrazarla o a disfrazarnos nosotros de lo que reclama nuestra propia exigencia insatisfecha.

APUNTES AL MARGEN, 2015

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