En materias de religión, de salud, de deportes, de juegos y
gustos hablamos sin disimulo cuando consideramos nuestra propia salvación,
nuestro bienestar, nuestros intereses. Tratándose de política, tal naturalidad
egoísta no cabe, pues reconocemos que lo que están en juego en ella es nuestra
coexistencia con otros y la de los demás con nosotros. Las realidades
compartidas traen consigo un cambio característico de perspectivas; la comunidad
de la que formamos parte y con la que nos reconocemos práctica y moralmente
obligados. Como no estamos forzados a cumplir con las obligaciones por el solo
hecho de reconocerlas, es no solo posible sino frecuente hablar de políticas e
incluso actuar políticamente, sin abandonar el terreno de los intereses
exclusivamente personales. Pero aunque la política no presupone una superación
del egoísmo individual, su horizonte y sentido colectivos han acabado fundando
un lenguaje adecuado a estos asuntos. El vocabulario de la conversación
política está ajustado al interés del bien común, de la cosa social, en la
prestación de servicios y ayudas. Pero se lo usa frecuentemente sin tener tales
asuntos sociales en vista, ni para servirlos. Desde luego, no es nada fácil
concebir con claridad y coherencia en qué consiste el bien del complejo social
al que pertenecemos como agentes políticos. Debido a que las sociedades humanas
son múltiples, diversas y hasta cierto punto fracturadas, nos enfrentamos a un rompecabezas
cuando se trata de adoptar una conducta práctica que siempre considere dicho
bien con respeto y preocupación. La verdad es que, antes de resolver este
problema de la obligación con nuestros conciudadanos, recaemos en las conductas
personalistas y nos abandonamos a la acción que cultiva la conveniencia egoísta.
La conversación política es, por razones tanto morales como naturales, un nido
de hipocresías.
Recurrimos a la simulación no solo para parecerles bien a
los demás sino también y principalmente para incrementar la paz y la
conformidad con nosotros mismos. Nos importa, nos decimos, el conjunto humano tanto
o más que las consideraciones egoístas. Hablar con nuestros conciudadanos de
política equivale a colocarse en esta perspectiva problemática y sospechosa. El
discurso social y político es un punto de encuentro de apariencias hipócritas
porque los que hablan con los demás en voz alta de los asuntos de la comunidad
se sienten obligados a idealizar tales asuntos y su propia relación con ellos,
a demostrar una preocupación moral en ellos que tal vez no tienen sino mientras
hablan, a exigirles a los demás un comportamiento impecable allí donde ellos
suelen preferir la propia conveniencia. Podemos, sin dificultad, hablar acerca
de asuntos personales en un lenguaje sin pretensiones, pero nos pesa tanto la
responsabilidad que tenemos hacia nuestros conciudadanos y la sociedad que
integramos que, cuando discutimos este aspecto de nuestra existencia
compartida, casi nunca resistimos la tendencia a disfrazarla o a disfrazarnos
nosotros de lo que reclama nuestra propia exigencia insatisfecha.
APUNTES AL MARGEN, 2015
Comentarios
Publicar un comentario