CARLA CORDUA - PALABRAS SOBRE PALABRAS


El idioma de Santiago es bastante inestable en algunos de sus aspectos. Sus usuarios juegan a ampliarlo y a cambiarlo con sugerencias experimentales e iniciativas a veces acertadas, otras dudosas. Es un lenguaje abierto a numerosas influencias que van llegándole de distintos lugares y ocasiones, pero que renuevan sin cesar parte de su vocabulario. Los nuevos usos siempre sorprenden a los hablantes tradicionales que tardan en ponerse al día o se niegan a cambiar. En contraste con los incansables innovadores, que introducen los nuevos gros del habla, algunos se mantienen fieles a lo aprendido de niños. De Buenos Aires, pen primer lugar, proceden expresiones inauditas aportadas por viajeros del último fin de semana. Vienen de allá ávidos por contribuir al castellano local, percibido de repente por ellos como provinciano. También los que retornan de otros países de lengua castellana y de sitios bilingües como Isla de Pascua, lucen novedades para el hablante espantado en la repetición de lo conocido. Exclaman: ¡Qué feo decirle “viejo” a alguien, en vez de llamarlo “grande”, como los mexicanos!
Pero no solo innovan los viajeros: los traductores de obras extranjeras introducen cambios mediante su versión española de los libros que reescriben. Pues la traducción lucirá un vocabulario salido directamente de las consultas hechas por el traductor a algún diccionario de la lengua. Encontró allí y se dejó tentar por la palabra en desuso durante siglos, acepciones válidas en el castellano de las Islas Canarias, sinónimos poéticos o términos frecuentes en las cárceles de Santo Domingo: de todo figura en estas versiones vernáculas de última hora. A estos casos hay que agregar la influencia masiva de los lectores del periódico madrileño El País, que llega con la suscripción del diario local La Tercera. Estos suscriptores están sometidos a un bombardeo cotidiano de expresiones metropolitanas desconocidas aquí, muchas de las cuales suenan tanto más lindo cuanto más novedosas son.
Debido al prestigio de que gozan los modales de las clases altas del país, a pesar de que su altura es, sin lugar a dudas, más bancaria que cultural, se difundió el uso de las palabras “rescate” y “rescatar” para una cantidad Tan abrumadora de aplicaciones como para servir incluso a la producción del sinsentido. en su acepción antigua, “rescatar” era la operación costosa de salvar algo que corre el peligro de perderse o ser destruido. En Chile los rescates solían ser principalmente marítimos, de buques la tormenta o encallados, de náufragos en peligro, de niños a punto de ahogarse .Era palabra legítima de valientes, virtuosos y decididos. Ahora el término es una de las formas coquetas de confesar, cómo sin querer, una ficción o acto de lucimiento, una preferencia personal del falso humilde que se la permite en este caso excepcional. Dice el rescatador, por ejemplo: ”desprecio a los partidos políticos, pero rescato la democracia“. Es el pequeño lujo gratuito de la vanidad el que habla, sea un entrevistado, un orador o un aficionado a destaparse; rescata, y cada vez que lo hace, consiente decirlo con cierta vacilación, a pesar de que contraría sus costumbres.
Pero la palabra que pulula en el lenguaje actual del santiaguino como el virus de una infección, es “súper“. Están su frecuencia en el habla de la ciudadanía que los súper simplemente ha llegado a carecer de contrario: nada es “infra“ por lo tanto, ya que lo que no alcanza a hacer ”súper” no merece mención alguna. Así es cómo coexisten aquí pacíficamente lo “súper bueno” con lo “súper malo“, Entienda quién se atreve, más que del súperhombre de un filósofo demasiado entusiasta, nuestros súper deriva de supermercado,el templo del consumo que satisface nuestros apetitos mediante su vendida variedad.
En algunos casos, lo que trastorna la vida repetitiva del lenguaje habitual no es la aparición de algo nuevo sino la simple sustitución de cierta declaración por otra inusual. El sentido de estas expresiones llamativas nuestra admitir contenidos bien perfilados. Cómo: ”¡tú en esto de guardar las formas, 0 al cociente!”. Estas declaraciones, aunque indescifrables, suelen ser reemplazadas por otras de su misma calaña, esto es igualmente carente de sentido. Así le ocurrió a la caracterización fantasiosa D “surrealista “para cualquier cosa fuera de serie, muy en uso a mediados del siglo pasado .de pronto se vio reemplazada por la rebuscada “psicodélico“del resto del siglo.
A mi barrio de casas más bien pequeñas, para una sola familia, están comenzando a llegar las Torres habitacionales de 20 pisos, colmenas desproporcionadas ¿dónde encontrar los términos adecuados para anunciar la venta de los departamentos del monstruo que ensombrece la mitad del barrio? La ceremonia de presentar un libro recién aparecido, que también es puesto en venta en la misma ocasión, le pareció una fuente adecuada la empresa constructora. Levantaron un gran letrero que decía: ”lanzamiento del edificio número 5 el 15 de marzo de 2013“. Está manera analógica hablar, ¿puede hacer las veces de aviso publicitario o se trata de una amenaza de esas que no se pueden cumplir debido a su calibre?
La culminación de las pretensiones nacionales se retrata bien en el insistente uso fuera de sitio de la palabra “desafío“. Levantarse por la mañana para ir en metro a la oficina, trabajar 8:00 y volver a casa a descansar, cenar y dormir y volver a repetir la misma rutina al día siguiente, no puede ser llamado un desafío más que por alguien que no sabe hablar. Pero entre nosotros la exageración florece sin límites ni castigo. Un choque de dos automóviles llamado una tragedia, una vida regular de trabajo como la que lleva un empleado de correos de Chile pasa por ser el vía crucis de un individuo generoso que se sacrifica para “sacar adelante “ a sus hijos. En general, si eso que se llama “salir adelante“ es vivido por las personas como un desafío, sostenerse pasándola así entre el nacimiento y la muerte, no puede ser otra cosa que un acontecimiento épico.
También nuestros defectos, nuestras carencias lógicas y deseos de embellecer el ambiente acaban marcando la manera como hablamos. Nos inclinamos a usar eufemismos y si damos con unos sabrosos nos entregamos a su encanto sin considerar si dice deberás lo que trata de decir. Es el caso del último universal santiaguino: ”vulnerable “(usado en vez de “pobre “), que desgraciadamente no sirve para la función que se le asigna. Todos, absolutamente, somos vulnerables. Querer distinguir a un grupo llamándolo así es cómo valerse de “mortal “para separar a una clase de personas de las otras. ¿Cómo pudo generalizarse esa expresión sin que nadie sintiera que era completamente ilógica?      
APUNTES AL MARGEN, 2015

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