El idioma de Santiago es bastante inestable en algunos de
sus aspectos. Sus usuarios juegan a ampliarlo y a cambiarlo con sugerencias
experimentales e iniciativas a veces acertadas, otras dudosas. Es un lenguaje abierto
a numerosas influencias que van llegándole de distintos lugares y ocasiones,
pero que renuevan sin cesar parte de su vocabulario. Los nuevos usos siempre
sorprenden a los hablantes tradicionales que tardan en ponerse al día o se niegan
a cambiar. En contraste con los incansables innovadores, que introducen los
nuevos gros del habla, algunos se mantienen fieles a lo aprendido de niños. De Buenos
Aires, pen primer lugar, proceden expresiones inauditas aportadas por viajeros
del último fin de semana. Vienen de allá ávidos por contribuir al castellano local,
percibido de repente por ellos como provinciano. También los que retornan de
otros países de lengua castellana y de sitios bilingües como Isla de Pascua,
lucen novedades para el hablante espantado en la repetición de lo conocido. Exclaman:
¡Qué feo decirle “viejo” a alguien, en vez de llamarlo “grande”, como los
mexicanos!
Pero no solo innovan los viajeros: los traductores de obras
extranjeras introducen cambios mediante su versión española de los libros que
reescriben. Pues la traducción lucirá un vocabulario salido directamente de las
consultas hechas por el traductor a algún diccionario de la lengua. Encontró
allí y se dejó tentar por la palabra en desuso durante siglos, acepciones
válidas en el castellano de las Islas Canarias, sinónimos poéticos o términos
frecuentes en las cárceles de Santo Domingo: de todo figura en estas versiones vernáculas
de última hora. A estos casos hay que agregar la influencia masiva de los
lectores del periódico madrileño El País, que llega con la suscripción del
diario local La Tercera. Estos suscriptores están sometidos a un bombardeo
cotidiano de expresiones metropolitanas desconocidas aquí, muchas de las cuales
suenan tanto más lindo cuanto más novedosas son.
Debido al prestigio de que gozan los modales de las clases
altas del país, a pesar de que su altura es, sin lugar a dudas, más bancaria
que cultural, se difundió el uso de las palabras “rescate” y “rescatar” para
una cantidad Tan
abrumadora de aplicaciones como para servir incluso a la producción del
sinsentido. en su acepción antigua, “rescatar” era la operación costosa de
salvar algo que corre el peligro de perderse o ser destruido. En Chile los
rescates solían ser principalmente marítimos, de buques la tormenta o encallados,
de náufragos en peligro, de niños a punto de ahogarse .Era palabra legítima de
valientes, virtuosos y decididos. Ahora el término es una de las formas
coquetas de confesar, cómo sin querer, una ficción o acto de lucimiento, una
preferencia personal del falso humilde que se la permite en este caso
excepcional. Dice el rescatador, por ejemplo: ”desprecio a los partidos
políticos, pero rescato la democracia“. Es el pequeño lujo gratuito de la
vanidad el que habla, sea un entrevistado, un orador o un aficionado a
destaparse; rescata, y cada vez que lo hace, consiente decirlo con cierta
vacilación, a pesar de que contraría sus costumbres.
Pero la
palabra que pulula en el lenguaje actual del santiaguino como el virus de una
infección, es “súper“. Están su frecuencia en el habla de la ciudadanía que los
súper simplemente ha llegado a carecer de contrario: nada es “infra“ por lo
tanto, ya que lo que no alcanza a hacer ”súper” no merece mención alguna. Así
es cómo coexisten aquí pacíficamente lo “súper bueno” con lo “súper malo“, Entienda
quién se atreve, más que del súperhombre de un filósofo demasiado entusiasta, nuestros
súper deriva de supermercado,el templo del consumo que satisface nuestros
apetitos mediante su vendida variedad.
En algunos
casos, lo que trastorna la vida repetitiva del lenguaje habitual no es la
aparición de algo nuevo sino la simple sustitución de cierta declaración por
otra inusual. El sentido de estas expresiones llamativas nuestra admitir
contenidos bien perfilados. Cómo: ”¡tú en esto de guardar las formas, 0 al
cociente!”. Estas declaraciones, aunque indescifrables, suelen ser reemplazadas
por otras de su misma calaña, esto es igualmente carente de sentido. Así le
ocurrió a la caracterización fantasiosa D “surrealista “para cualquier cosa
fuera de serie, muy en uso a mediados del siglo pasado .de pronto se vio
reemplazada por la rebuscada “psicodélico“del resto del siglo.
A mi barrio
de casas más bien pequeñas, para una sola familia, están comenzando a llegar
las Torres habitacionales de 20 pisos, colmenas desproporcionadas ¿dónde
encontrar los términos adecuados para anunciar la venta de los departamentos
del monstruo que ensombrece la mitad del barrio? La ceremonia de presentar un
libro recién aparecido, que también es puesto en venta en la misma ocasión, le
pareció una fuente adecuada la empresa constructora. Levantaron un gran letrero
que decía: ”lanzamiento del edificio número 5 el 15 de marzo de 2013“. Está
manera analógica hablar, ¿puede hacer las veces de aviso publicitario o se
trata de una amenaza de esas que no se pueden cumplir debido a su calibre?
La
culminación de las pretensiones nacionales se retrata bien en el insistente uso
fuera de sitio de la palabra “desafío“. Levantarse por la mañana para ir en
metro a la oficina, trabajar 8:00 y volver a casa a descansar, cenar y dormir y
volver a repetir la misma rutina al día siguiente, no puede ser llamado un
desafío más que por alguien que no sabe hablar. Pero entre nosotros la
exageración florece sin límites ni castigo. Un choque de dos automóviles
llamado una tragedia, una vida regular de trabajo como la que lleva un empleado
de correos de Chile pasa por ser el vía crucis de un individuo generoso que se
sacrifica para “sacar adelante “ a sus hijos. En general, si eso que se llama “salir
adelante“ es vivido por las personas como un desafío, sostenerse pasándola así
entre el nacimiento y la muerte, no puede ser otra cosa que un acontecimiento
épico.
También
nuestros defectos, nuestras carencias lógicas y deseos de embellecer el
ambiente acaban marcando la manera como hablamos. Nos inclinamos a usar
eufemismos y si damos con unos sabrosos nos entregamos a su encanto sin
considerar si dice deberás lo que trata de decir. Es el caso del último
universal santiaguino: ”vulnerable “(usado en vez de “pobre “), que
desgraciadamente no sirve para la función que se le asigna. Todos, absolutamente,
somos vulnerables. Querer distinguir a un grupo llamándolo así es cómo valerse
de “mortal “para separar a una clase de personas de las otras. ¿Cómo pudo
generalizarse esa expresión sin que nadie sintiera que era completamente
ilógica?
Comentarios
Publicar un comentario