En la estela del emblemático congreso internacional de
mujeres de 1987, organizado por osadas escritoras chilenas bajo un régimen
tirano, también chileno, no es solo un gesto ceremonioso inaugurar otro
congreso de mujeres. Es necesario, indispensable incluso. Porque hoy, en el
lugar de este otro congreso, estamos bajo un tirano de varios rostros que son
solo uno, asombrosamente siempre el mismo. Un rostro blanco y xenófobo. Un
rostro misógino. Una máscara populista de la ultra derecha, la ultra
capitalista. La catadura y la cara dura de muchos modos de violencia que se
ejercen sobre una ciudadanía en abierta resistencia.
Mientras esto acontece en las calles estadounidenses y del
mundo -no hay ya lugar desvinculado de otros territorios, ningún conflicto es
ya solo nuestro-, mientras rememoramos un pasado terrible y empezamos a
conmemorar este incierto presente, quiero detenerme en algo que vuelve a
agitarse en las avenidas del feminismo. No las necesarias manifestaciones que
se suceden contra el asedio político, contra el abuso sexual en todas las
esferas, contra la agresión sicológica que habitamos a veces sin comprenderlo,
contra la desigualdad económica y la precarización del trabajo femenino. Contra
la marginalización. Estos siguen siendo tiempos de enorme violencia contra las
mujeres, violencia que a veces asume formas letales y que en otras constituye
la lenta violencia de otras formas más sutiles, pero igualmente poderosas de
aniquilación. Y es imperioso manifestarse para que no sigan desapareciendo las
mujeres. Hay que decir, pensar, protestar, exigir: ni una menos, nunca más.
Agitando nuestras voces y nuestras pancartas, seguir escribiendo contra, seguir
exigiendo políticas severas contra la injusticia.
Pero es otra la agitación a la que me refiero aquí, en esta
mesa; es la preocupante negación actual del feminismo radical que cunde entre
las mujeres que han conseguido ocupar lugares de privilegio, lugares hoy
alejados del margen. Mujeres de la política y mujeres en la letra -a quienes la
poeta Eugenia Brito situaba, en 1987, en un margen del sistema, como
sospechosas, como rebeldes, a quienes antes la Mistral llamó locas y
desvariadas, en la gesta de reconquista de su propia historia, de su único
cuerpo, de espacios mentales en plena construcción, de una libertad
compartida-, se ubican hoy ya no en el borde de lo social sino en el espacio
constituido del discurso público. Mujeres con voto y voz, algunas de ellas, no
todas pero muchas, y desde el centro y no la periferia esas intelectuales, no
todas, afortunadamente no todas, pero sí algunas, empiezan a negar, con los
hechos, con sus tácticas, el feminismo.
La decisiva gesta feminista del pasado.
Su apremiante necesidad en nuestro presente.
Imperativo resulta señalar que esa negación dos modelos:
uno, el descarado antifeminismo que continúa desestimando la exigencia de un
problema de género; otra, más enmascarada y subrepticia, la perversa negación
del feminismo en el que incurre el seudofeminismo actual.
Ahora
que tantas muchachas pueden optar a una educación no interrumpida por el apuro
de ayudar a sus familias, de cuidar abuelos a niños propios y ajenos.
Ahora que muchas acceden a la universidad.
Ahora que más mujeres que antes consiguen trabajos dignos
en vez de alienantes.
Ahora que algunas -solo algunas, pero por ahora existen-
logran colaborar con compañeros que no las humillan ni las violentan, que
consiguen parejas que ni las insultan ni las golpean ni las amenazas ni las
violan, ni violan a sus hijas o hijos, sino al contrario, las tratan con el
respeto que merecen y asumen que son, en todos, sus iguales.
Ahora que no se las manda a la cárcel por elegir una
compañera sentimental.
Ahora que pueden divorciarse.
Ahora que no se penaliza la pastilla (por más que sigamos
discutiendo el aborto universal).
Porque -vuelvo a decirlo- no niego yo que haya problemas
urgentes todavía por solucionar (porque nada está bien para una inmensa mayoría
de mujeres, son multitud las que viven vulneradas entre nosotras); Lo que digo es
que la situación privilegiada de tantas mujeres hoy ha hecho cundir la idea de
que “todo está bien” y la perversa pregunta “de que nos quejamos hoy”.
¿Qué ha pasado? ¿Nos creímos, algunas, que la situación
personal de privilegio es una realidad de todas? ¿Privatizamos nuestros
conflictos? ¿Nos cansamos de luchar una vez solucionadas nuestras propias
dificultades? ¿Se nos olvidó que otras lucharon por los derechos que tenemos
ahora, y que hace falta luchar por las que no los han conseguido? ¿Se nos acabó
el combustible de la solidaridad? ¿Hicimos nuestros los mecanismos competitivos
e individualistas del patriarcado capitalista?
Es esto lo que acusa, sin tanta pregunta retórica, con
extraordinaria agudeza y escasa clemencia, un ensayo de lo más radical que he
leído en bastante tiempo, un ensayo que respira el aire de indignación de
ciertos ensayos radicales de otros tiempos, ensayos que se daban ya por
anticuados. Las colegas feministas, las feministas-de-tomo-y-lomo (entre las
que me cuento), van a levantar las cejas cuando escuchen que ese ensayo se
titula Why I am not a feminist. Y no me sorprendería que las levantaran -las
cejas y las pancartas, los puños, los signos mentales de exclamación-, porque
muchas antifeministas del pasado han usado esa misma frase para anunciar su
desafiliación de la causa.
Pero el problema, según lo plantea Jessa Crispin en su
potente manifiesto antifeminista (o como se verá,
anti-ciertos-devenires-del-feminismo-occidental-actual), no es que las mujeres
de las clases privilegiadas estén dejando el título del feminismo.
En rigor, en su mayoría, lo están abrazando con extraño
entusiasmo.
Pero es un abrazo traicionero: lo que abrazan como
feminismo no es ya lo que el feminismo había sido, una causa radical e
insolente que para muchas era demasiado transgresor. Era un feminismo que solo
algunas podían abrazar, las otras temían que su fuego las abrasara. El
feminismo buscó entonces hacerse aceptable para todas y todos, y para lograrlo
apagó el fuego y la contienda, las tetas al aire, los alaridos, a las mujeres
indispuestas del margen, y comenzó a banalizarse.
El feminismo que tantas abrazan hoy no es más que la
comodificación del feminismo. Se ha puesto “de moda” declararse feminista. Se
ha vuelto conveniente entregarse a la campaña publicitaria de un feminismo
deslavado que no requiere de ninguna prueba y hace las pases con la opresión
creyendo que ha logrado todo lo que merece y que negociando el silencio a ella
le irá mejor. Así, ese feminismo se ha convertido en lo que nunca fue, un
movimiento moderado que agachó tanto el moño que ya no consigue despeinar a
nadie.
Así es fácil llamarse feminista. Ese feminismo cool (ya no
arden sus carbones) no exige renunciar a ningún privilegio, no exige
compartirlo, no le pide a las mujeres hacerse responsables de sus actos ante
los demás. Es más: cualquier decisión femenina, por mezquina que sea, por
injusta, por explotadora, por frívola, por conservadora, se vende como una
decisión feminista. Como un acto de merecida liberación.
Ser feminista desde esa clave implica aprovechar la
realidad histórica de la víctima como escudo ante toda crítica. Justifica
cualquier forma de empoderamiento, cualquier mejora de la propia vida, aun
cuando ésta implicara pisotear las de quienes están por debajo, hombres o
mujeres, pobres, marginales o inmigrantes.
Escindidas de la debida responsabilidad social y de toda
conciencia política, a demasiadas mujeres hoy se les aplaude cuando logran
posiciones de poder históricamente masculinas (sin atender a las concesiones
que ha hecho para estar ahí, qué pacto siniestro le ha permitido quedarse), o
cuando alcanzan una posición económica (sin reconocer el modo en que han
explotado a otros para alcanzarla), o cuando se hacen célebres (sin examinar
qué han hecho a lo largo de su carrera por apoyar o proteger a otras en el
ascenso).
La problemática medida de este feminismo es el cómo me va a
mí por encima del cómo nos va a todas.
Y es ese el punto más urgente: que ese feminismo transó la
lucha colectiva, se olvidó de la desigualdad de clase y la discriminación
racial, y se vendió a los valores del capitalismo. Puso su atención en un éxito
privado que se mide en signo peso y que devalúa los afectos, la compasión, la
solidaridad, el “vivir juntos” en comunidad con todos los otros.
No toca, hoy, a treinta años del valeroso congreso
feminista celebrado en Chile, tener la valentía de examinar esos acomodos del
feminismo-seudo y, desde una posición humanista, e incluso postantropocéntrica,
preguntarnos cómo reponer en el horizonte de nuestras preocupaciones e
interrogantes la responsabilidad por todos y todas, volver a pensar en vez de
conformarnos con una mejora cosmética por acá y otra por allá.
Porque no se trata solo de salir a la calle con pancartas,
se trata de sostener un trabajo generoso y un pensamiento insobornable. Se
trata de seguir pensando dónde encontrar valores alternativos en vez de
simplemente repetir los valores que un sistema repugnante nos ofrece. Hay que
recuperar nuestra imaginación propositiva, poner a funcionar nuestra capacidad
de respuesta.
Se
llame o no se llame “feminista”.
LITERATURA Y FEMINISMO - 2018
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