DIAMELA ELTIT - ENTRE EL DESMÁN POLÍTICO Y LA MANO POÉTICA

«El tiempo se está acabando», escribió Elena Garro para pensar creativamente los pliegues y repliegues de la historia. Escribió el tiempo para señalar la constancia de la repetición, los des-bordes, las implicaciones. Desde la ficción del tiempo más personal que trabajó la escritora, me parece interesante —por qué no- pensar en el tiempo mismo como una ficción. Pensar, por ejemplo, el congreso chileno de 1987 como un relato ficcional inconcluso, abierto, extenso, que puede ser sede de otros relatos y renovadas ficciones, como este libro posibilitado por los escritores Mónica Ramón Ríos y Carlos Labbé en Sangría, que recopila de manera brillante lo que fue Afest, organizado por Mónica Ramón Ríos. 
Desde Elena Garro y su obsesión con el tiempo, recuerdo ahora mismo a la Malinche (esa exacta de Elena Garro) que, en su relato, no terminó de operar su traición precisamente porque en contra de ella se inscribió la traición inicial, la más genuina. Una traición que la expulsó de su comunidad —la condenó a una cierta notoria despertenencia— y después, solo cabía aliarse al poder dominante para, según Garro (y esa fue la vuelta de tuerca que dio) salir de ese poder. Sí, porque después de conocerlo (y de disfrutarlo) ella huyó. 
Pero ¿dónde está hoy el centro del poder que finalmente desechó desencantada la Malinche de Elena Garro (en su tiempo, la convivencia con la anestesiada burguesía) una vez que su banalidad le resultó agotadora? ¿Podría o debería llamarse ahora mismo mercado (intensificado) por su plena e interesada actualidad que controla y administra la agencia neoliberal? ¿Acaso la fantasía de la importancia del autor? ¿La ocasión de un premio literario? ¿O el más que estereotipado (y nada inocente) Facebook de promoción de autores creado por su padre Mark Zukerberg como una sede sin más política que la ruta del espionaje global y el dinero? ¿O la actual búsqueda del yo que se acumula en el voluminoso estante libresco de la desgarradora tragedia narcisa? 
Quizás hoy “el tiempo (latinoamericano) se está acabando”. Se podría pensar en centros diseminados que generan numerosas periferias, en el penoso esfuerzo por certificar la realidad y la actualidad de un mercado del libro, pequeño, insuficiente, agobiante, porque no incide en la producción de riqueza sino más bien en una forma de microempresa temblorosa que construye protagonistas errantes, que vagan de un lado para otro buscando un hueco después de una agotadora autogestión que recuerda los tiempos de los infatigables vendedores viajeros. 
Ese es el marco actual de las literaturas latinoamericanas y la intensidad de su condición. 
En la plenitud de la ficción del tiempo, después de los 30 años o de los 100 o quizás de milenios transcurridos, habría que pensar y re-pensar esos cuerpos de mujeres, siempre inciertos en su inscripción en los centros. Cuerpos que fueron clasificados como meras biologías después de emprender el acto de escribir. Esas manos o esos dedos ahora, en la más plena tecnología, digitando unas letras que iban a ser examinadas y definidas por el “campo literario” (como diría Pierre Bourdieu) “genitalmente” nombradas como: escrituras de mujeres o mujeres que escriben. De esa manera triunfa el desplazamiento de lo cultural a lo orgánico, opera una despertenencia a la letra y una pertenencia total a la biología. 
Mientras el 87 en Chile se erigió como un gesto político el analizar un conjunto de producciones literarias, hoy pienso (como una de las participantes ochenteras) que tendría que replantearme y apostar a otra política para así generar nuevas estrategias, juegos culturales que obliguen y desafíen, poner en operación un conjunto de manías conceptuales, desleer las teorías más incorporadas para incomodar la mímesis (no del todo, no del todo). 
Jugar con los tiempos o jugar al tiempo con el tiempo.   
Con seguridad no se está acabando el tiempo. Quizás, su transcurso está anclado en los dictámenes más recurrentes del ultracapital que hoy rige los cuerpos y los obliga al paso frenético. Hoy pienso (30 años después) que la literatura de mujeres no le pertenece ni a la literatura ni a las mujeres, es un simple tic, una noticia, una agrupación sin demandas. Se erige como una actividad análoga al bordado pero sin su contorno ni menos su historia. Pienso en la literatura como una práctica sin literatas, en el mundo latinoamericano. Ahora mismo transcurre como periferia necesaria y desechable, como agrupamiento conventual. La agrupación de “mujeres escritoras” es la práctica obsesiva de una clasificación que no es inocente. De esa manera el territorio masculinizante se conserva íntegramente descontaminado (de mujeres). 
Una posible pregunta, así lo pienso hoy, se enclava en cómo desintoxicar el “campo” y permitir la plena entrada de la letra y sus posibilidades, el riesgo textual y su poder más desestabilizador. Seguramente es una posición utópica poner la letra (no la biología) como centro de una práctica cultural severamente controlada por un tipo de corporativismo masculino ya histórico y naturalizado por los siglos. La segregación política es ardiente e insaciable. Necesaria para los sistemas económicos que construyen periferias para incrementar sus centros. Lugar primordial de las mujeres como objetos desplazados. 
La búsqueda de igualdad es impensable y maléfica para el neoliberalismo que como un monstruo insaciable necesita de las desigualdades para subsistir. Este neoliberalismo necesita de su propia monstruosidad para así concentrar poder y riqueza. Pienso que la literatura está desconcentrada en una misma, idéntica proporción y por eso se emprende el viaje al revés, desde las periferias hacia las diversas metrópolis para ser “descubierta” y “cubierta” de una gloria siempre al borde de la decadencia porque aun en la más plena metrópoli la letra literaria latinoamericana forma parte de un notorio excedente, de una curiosidad, de un antiguo ropaje cultural, de una manía en declive. 
Efectivamente hay mujeres y hombres que escriben. Pero escriben en un dispositivo que es la escritura. Sería interesante un gran congreso literario de hombres que escriben, un congreso no caricaturesco para pensar esa categoría encubierta, develar un presupuesto y así (intentar, solo intentar) igualar y quizás, después de todo, congreso tras congreso, se genere un territorio literario con la letra como protagonista, digamos, orgánica (la orgánica de la letra) después de haber desplazado el órgano. Comprendo que esos congresos serían posibles, pero son completamente imposibles porque sencillamente contemplarían una deconstrucción del poder y ese mismo poder no necesita ser deconstruído. ¿Para qué? ¿Y por qué? 
El tiempo parece detenido en una de sus partes. Hoy mismo su materialidad radica en una aguda concentración de riqueza de tal magnitud que desplaza a los poderes políticos y transforma a los Presidentes nacionales en simples CEOS locales de los propietarios del mundo. Las épicas están en franca retirada por una neo ilustración desilustrada. Este tiempo detenido es implacable. Pero es el único que tenemos. Y la letra es una práctica que nos pertenece aun en la despertenencia. 
Hace más de 30 años, la situación política y social chilena era urgente. Una urgencia que atravesaba también la “condición femenina” que ya había sido pensada en su tiempo por las feministas chilenas de la primera parte del siglo XX. Los derechos de las mujeres en gran medida estaban congelados. Elena Caffarena a principios del siglo XX como Secretaria General del MEMCH, ya había invocado con firmeza el aborto como un derecho de la mujer. Hoy, casi un siglo después, en Chile, el aborto está severamente condicionado por el conjunto de poderes que controlan los cuerpos de las mujeres. Y Marta Brunet, la gran escritora nacional ya había concebido, al inicio de los 50, una protagonista que había abortado por decisión propia, sin culpa. 
En 1987 la situación era en cierto modo desastrosa. El centro del desastre se enclavaba desde luego en las víctimas de la dictadura, pero también el militarismo había intentado inocular como modelo una mujer-madre al servicio más pleno de cada una de las necesidades masculinas. Y había impuesto como normativa una realidad completamente heterosexual. El Congreso de Escritoras se propuso re-pensar la situación política, el lugar de las escritoras, pero también el deseo por la letra, el goce, el cuerpo, la sexualidad, lo nómada. Todos y cada uno de estos requisitos enclavados en la letra más decisiva. 
En 1987 pensamos que ya había llegado el tiempo, que ya estábamos en hora, como diría Garro, que “el tiempo se estaba acabando”, que ya era la hora de la hora. Y en cierto modo era razonable. Ese congreso permitió, como afirma Jacques Rancière, una emancipación, la misma, la antigua, la emancipación local que estaba escrita en el proyecto de Elena Caffarena. Ocurrió el congreso y ese hecho fue una marca aunque no un muro de contención. 
Pero, desde otro lugar, para romper el binarismo entre triunfo y derrota, quisiera relevar la escritura como práctica y adicción. Como juego. Como espacio des-controlado. Efectivamente, desde una perspectiva política, resulta inadmisible la persistencia de lo que ha terminado por configurarse como una forma de exclusión contenida en la llamada Literatura de mujeres. Un término que desde la demanda de existencia terminó por mantener intocado el espacio al que se interrogaba. Las mujeres que escribimos conocemos bien la exclusión, las estrategias, los resultados, la formación del canon. Eso es claro e indiscutible. Pero, desde otra perspectiva inalienable, está el goce con la letra, la incursión en los escenarios ficcionales, el intervalo y la ruptura con los tiempos más literales. Desde luego el trabajo con la letra, solo que habría que relevar que es un trabajo elegido, autónomo. 
La pregunta por el lugar de la mujer en los ámbitos latinoamericanos es una pregunta política. Necesaria, estimulante, conflictiva. Sin embargo, existe un aspecto inalienable que permite la resistencia y la persistencia del sujeto mujer como es la poética de la escritura, su ritualidad, su exceso, su tiempo otro. Y esa poética es irrenunciable más allá o más acá del juego infatigable de las dominaciones y de las incontables exclusiones.


AFEST 2018

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