Dios te salve María. Llena eres de gracia. El señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el poto blanco de loza que nos brindas desde la altura del cerro. No importa que nos hagas el quite. No importa que nunca te hayas dado el trabajo de mirarnos, de pegarnos una ojeada loca una vez al año más que fuera. Igual tu culo nos protege. No sé de qué. No sé si son posibles más calamidades, pero de algo peor que se nos podría venir encima nos cuida tu poto blanco. Por eso está siempre allí, sobre nuestras cabezas, arriba de nuestros techos, por sobre nuestros llantos y nuestros rezos. Te agradecemos la deferencia de tu trasero, pero no te hagas la huevona, reina y madre, hazte un huquito en tu agenda y échale una mirada a este lado del río. Estamos locos. Tenemos el territorio copado de almas en pena y nadie hace nada por pavimentarles el camino al otro lado. Finados de todas las edades, jóvenes y viejos. No damos abasto, María linda. Los vivos y los muertos se nos están mezclando y tú sabes que eso no es bueno. Caminan por las mismas calles, rezan en las mismas iglesias, algunos hasta conversan entre ellos sin respetar los límites divinos. Ya nadie entiende nada aquí abajo, es una verdadera casa de putas. Por favor, Maruchita querida, yo sé que estoy pecando de majadera, que he pasado muchos años sobre este mismo techo con la misma cantinela, pero es que si te dieras vuelta por un solo minuto entenderías a lo que me refiero. No te voy a hinchar más las huevas. Hasta aquí nomás llega el rezo de tu humilde servidora. Pero no sabes el favor que nos harías si nos otorgaras algo más que la visión de tu inmaculado poto. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora, y en la hora de nuestra muerte, Amén.
Comentarios
Publicar un comentario