La revolución de las hormonas - Sara Bertrand

¿Cómo se construye un imaginario? Específicamente, ¿cómo construye el imaginario una joven de un país latinoamericano, con todo lo que implica esa única coordenada, Latinoamérica? Y dentro de ese universo de fantasías, Chile. No diremos aquí el ombligo del mundo, como soñaba ser Rapa Nui, sino una raya al fondo del planeta. Una rajadura. Larga línea de valles transversales enmarcados entre cordilleras. En otras palabras, un país minúsculo, 17 millones de habitantes, a lo largo y ancho. Para que nos hagamos una idea rápida de nuestra pequeñez, al otro lado, solo Beijing tiene más de 21 millones y en los países de la región, São Paulo: 12 millones 400; Ciudad de México: 8 millones 800.

Somos esa franja ínfima, pedazo de arena, desierto, bosques, hielo, kilómetros de costa, pero básicamente, un montón de piedras repartidas por todas partes. La mineralidad debiera estar presente en cualquier imaginario chileno, un ADN esculpido por la diversidad de colores, sus matices y formas, pero, sobre todo, por la permanencia. De eso saben más que nada las piedras. Pero la joven chilena, como cualquier otra en este mundo conectado, no atiende a su patrimonio ni espera cargarlo sobre su espalda, va a su escuela en la precordillera o en la pampa, se ha pintado los ojos al estilo que usan las chicas en las series; ha usado rojo furioso en los labios, aún cuando no esté permitido, y se ha recogido el pelo en una coqueta trenza de costado. Hizo la basta al jumper varios dedos arriba de las rodillas sin importar que sus piernas luzcan más abultadas que las muchachas de la tele, porque ella es aquí y en cualquier otro lugar, una adolescente de principios de siglo XXI. Así es que va a la escuela exponiéndose a la mirada de sus compañeros, a sus abucheos y comentarios en sordina, soñando que cualquiera de estos días, dará un salto enorme y los dejará atrás, tan lejos.

Un ser en transición. Una simetría entre lo que muere y lo que está empezando a florecer, como versaba Louise Glück. No es niña ni mujer. ¿Qué le permitirá dar ese salto y componer las piezas de esa imagen suya que construye a retazos? Y habla literalmente con dios, piensa que allá arriba alguien escucha, porque eso también está presente en nuestra joven: su conversación es física y metafísica. Mientras ajusta sus vestidos, quiere encontrar sentido a su existencia. De pronto, se opone al calentamiento global, defiende a las aves silvestres y bosques nativos; nuestra muchacha ha puesto sus ojos fuera de casa. Fija su conversación allá. «Una obra de arte, especialmente una obra literaria, nos invita a una conversación íntima y entabla con cada uno de nosotros una relación directa, sin intermediarios», escribió Joseph Brodsky. La literatura como espacio de palabras habitables. Nuestra cobija. Nuestro cuarto propio, como describió Virginia Woolf. Y la joven sueña con descubrir sus porqués, sueña con comerse el mundo, cambiarlo de raíz, solo la juventud tiene esa pulsión maniaca, maravillosa capacidad de alucinación. Llegar al estrellato. Cruzar el océano. Descubrir la naturaleza, enfrentarse a lo salvaje. No quiere que la aleccionen, está harta de las filípicas de sus profesores, de sus padres. Quiere entender por sí misma. Mutar, transformarse en algo impreciso, multiforme como un cerbero, no sabe bien qué.

De repente es la máquina alegre

De repente tiene una fantasía salvaje

De repente se echa a reír

De repente cierra el pico

De repente echa a correr por su vida

De repente tiene una palabra que es suficiente

De repente da todo por sentado

De repente sabe exactamente lo que quiere.

Inger Christensen

La cordillera o el mar son parte del paisaje, no una limitación ni menos una marca adherida a su epidermis. No atiende a las piedras, dijimos, mira hacia el cielo estrellado, esa panorámica que nos cubre e introduce en el misterio; en esa inmensidad, no cabe duda, están las respuestas a muchas de sus interrogantes, pero la joven mira al cielo porque hacia allá dirigió la fecha. Sabe, sin necesidad de leer a Julio Ramón Ribeyro, que su mundo se construye tensando el arco y apuntando al futuro. Así es que dirige la mirada al porvenir. Lo que ve, aquello que desea, depende mucho de su propia infancia, sobre todo de lo que ha escaseado, lo que resiente, aunque no lo sepa o no le interese saber. Cree que inventa una nueva forma, esa idea es parte sustancial de su imaginario y lo construye a pesar de Chile, de Latinoamérica, del subdesarrollo, de la pobreza, de los errores, del abandono, del hambre.

Los primeros paseos suelen ser dolorosos, extraños, la sensación de estar, como cantaba Cerati, al borde de la cornisa casi a punto de caer, es parte de la realidad juvenil. Y se las arregla. ¿Cómo construye esa muchacha un mundo habitable, como las palabras habitables, esas que nos dirigen a la olla humeante, al calor de un abrazo? ¿Cómo carga su discurso cuando arrasa con todo lo conocido? ¿Cómo se escribe, cómo se des-cribe?

Los imaginarios forman una multiplicidad de voces jugando gallitos en el interior de cada uno de nosotros. No es necesario ser joven para tener ilusiones sobre las cosas, anhelos que desmienten la realidad que nos aqueja. Construimos sobre música, letras, alguien que nos dijo algo al oído con cierto temblor que tocó lo más profundo de nuestro ser, algo que quedó resonando como una pausa o un silencio insoportable. ¿Cómo acercar nuestra mirada a esa joven que ensaya con palabras de otros? ¿Cómo acompañarle en el camino sin saturarla de nuestros idearios, nuestros prejuicios? Sobre todo, eso: nuestra antigua forma de ver y decir.

La muchacha busca en la Literatura aquello que le permite ser otra, hablar como otra, hacerse escuchar. Lo que me lleva a dar una vuelta por mi juventud. A mi adolescencia tan difícil, en palabras de mi madre, y permítanme que me remita al papel de las madres en estos imaginarios, porque ellas quieren que la hija estudie, que se porte como señorita, que no suba la voz, que ordene su pieza, que ayude en la casa, que forme una familia, en definitiva, que sea una mujer hecha y derecha, lo que sea que eso signifique en palabra de las madres. La lengua materna forma parte de nuestra tesitura. Un discurso que no calla. Menuda tarea heredamos. Confieso que viajo con frecuencia a mi adolescencia para descubrir esa dificultad de la que hablaba mi madre. Dónde estaba la fisura. Dónde. No sé si la Literatura se ocupa de la normalidad, pero sí de los casos difíciles, tiene esa capacidad: ir directo a la herida. No a la cicatriz, ese deglutido individual con el que cada uno tendrá que vérselas el resto de su vida, sino a la sangre, al momento preciso en que recibimos el golpe que nos arqueó la espalda. A nuestra adolescente le gusta leer, porque en esas palabras escucha el dolor sin vendajes. Lee sin antibióticos. La literatura le da la posibilidad de acercarse a otras vidas, otras heridas y ella construye a partir de ellas. Si hay un momento en la vida en el que podemos levantarnos, y no hablo de sobrevivir como los hacen los niños, que sobreviven prácticamente a todo, sino rehacerse, es la juventud. Después de todo, ¿qué es ser normal para una joven que escucha a Cindy Lauper cantar que las chicas solo quieren divertirse?

«A esa edad suena música en la cabeza, todo el tiempo, como si transmitiera una radio en la nuca, bajo el cráneo. Esa música un día empieza a bajar de volumen o sencillamente se detiene. Cuando eso pasa, uno deja de ser adolescente», escribe Mariana Enríquez. Los imaginarios juveniles están cargados de ruidos, figuras emblemáticas, mujeres heroicas, roqueros, vidas a mil kilómetros por hora que se estrellan como si condujeran a ciegas en una carretera de alta velocidad. Carretes hasta horas inverosímiles y esas ganas de saber quién cresta es uno y qué vino a hacer a este mundo. «Ruido, ruido, ruido. Ruido de afuera. Y peor: ruido de adentro», lo describe maravillosamente José Castellanos Moya. El hombre no calla. Las adolescentes y jóvenes, menos. Abultan una conversación, afinan la voz. La literatura seduce a nuestra joven porque está rodeada de música.

Y están los libros.

Y están escritoras y escritores con sus vidas imposibles ocupando un espacio en ese imaginario. ¿Recuerdan los libros que marcaron el paso a su juventud? ¿Recuerdan esa historia particular que los introdujo en otra conversación, como si hubiésemos dado un paso adentro del cosmos, o de uno mismo, que no es lo mismo, pero es igual? «¿Crees en Dios?», me preguntó una chica en una escuela que visité de Paine a la cordillera. «¿Crees en Dios?» fue su forma de entablar comunicación conmigo, porque ese libro que escribí le había hecho cuestionarse. Digo, ¿qué es la literatura sino una pregunta? Si no nos subvierte el arte, si no nos vuela la cabeza, ¿qué podemos esperar de los libros?, ¿para qué darnos la molestia? En las palabras que los conmueven hay mucho de ellos mismos. Confesar nuestras lecturas, es otra forma de decir quiénes somos. Y en eso está nuestra joven chilena, intentando ser. Desmenuzando su vida, estudiándola, como si se tratara de un cuerpo inerte sobre una camilla. La pregunta «¿quién soy?» la acompañará durante un rato, deberá habituarse a esa incomodidad, al extrañamiento. Ella quiere rebelarse. Quiere entender. Fuma, bebe, se corta el pelo, lo tiñe de rojo o verde. Ser otra. Le ruboriza el primer beso, pero anhela lo que viene después. «Esperaba que alguien un rebelde, un proscrito, un desertor, no ya un príncipe azul, porque mis fantasías se habían modificado, y buscaba ya más que un héroe un antihéroe hiciese estallar mi mundo», escribe Esther Tusquets. Porque la adolescente quiere experimentar. Nuestra chica es pura sensualidad, todo sexo y trascendencia. Intuye que el amor es un campo de batalla, como cantaba la Pat Benatar, que crecer duele. Los imaginarios juveniles se construyen con dolor, frustración, caída. Whe are strong, qué tan fuerte es ella misma, lo aprenderá en la lucha. Sabe que le queda mucho por recorrer. Y aspira a esa fortaleza y marcha con el puño en alto a favor o en contra. Los jóvenes son políticos porque no pueden evitarlo, el mundo les entra en 3D y, generalmente, no les gusta lo que ven. No sé si nuestra foto de hoy tiene algo que ver con la fotografía de ayer, cuando fuimos jóvenes, pero we are strong. Somos fuertes, las mujeres sabemos que de débil nuestro sexo no tiene nada. Al contrario: hemos heredado una cadena de testimonios llenos de sudor y lágrimas, de ruido y de furia, como decía Shakespeare. Somos esas idiotas que pensamos que haríamos la diferencia, pero la muchacha, nuestra chica no está pensando como adulta. No le interesa el desastre heredado, viene a reemplazarlo, borrarlo de un manotazo. Se revela, se desvela, se maquilla, se trasvierte. Y miente: miente a sus profesores, miente a sus padres. Miente sobre cosas pedestres y sin importancia.

Aprenderá de su propio cuerpo, se construirá sexualmente y le romperán el corazóa nuestra muchacha.

No llegaré a saber

por qué ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperar

estar.

Idea Villarino

Y en su cabeza seguirá resonando el deseo de transformarse, ¿qué es ser mujer? Qué significa realmente. La joven ensaya. A veces, es una muchacha que parece un muchacho. A veces, sigue siendo una pequeña niña.

Mientras preparaba estas palabras para compartir en esta tarde de invierno que, vaya coincidencia, ha sido tan helado como en los ochenta cuando era una adolescente furiosa, lo primero que sentí fue cierta incomodidad acerca de los apellidos: inclusión y género. ¿Por qué necesitamos apodar la lectura? La literatura ES inclusiva o no es literatura. La literatura a secas, es aquella larga y casi interminable conversación que ha sostenido el ser humano desde que habita este mundo. Una conversación que comenzó con pocas palabras y que hoy abarca casi la totalidad de la experiencia humana, por eso, no puede no ser inclusiva, existe porque se ha hecho cargo de la meditación de nuestra raza, de sus desvaríos. Si se volviera exclusiva, se transformaría en proselitismo, panfletismo, censura disfrazada de relato. Es decir, cualquier cosa menos literatura. Y luego, el subtítulo «género». Si fuésemos una sociedad menos beata, menos parroquial, tampoco lo necesitaríamos. Permítanme referirles una anécdota: el monje dominico, Giordano Bruno, fue quemado en la hoguera por hereje. Decía que la tierra giraba alrededor del sol. En definitiva, que nuestra existencia era microscópica y que la única posibilidad de existencia de dios era, precisamente, ese conjunto de estrellas y planetas girando alrededor. Su honestidad lo sentenció a morir en la hoguera. Y aquí viene lo interesante: mientras ardía, no fueron los jueces quienes señalaron su falta, sino el pueblo que se dedicó a insultarlo por sedicioso e inmoral. Entonces, cuando nos encontramos ante la necesidad de apellidar lo que debiera darse por sentado, imagino que volvemos a la ignorancia medieval, somos esas viejas pacatas lanzándole piedras a Giordano Bruno. ¿Hasta cuándo? Por favor, ¡hasta cuándo!

Cito a Michèle Petit:

Los jóvenes no son marcianos y, como usted o como yo, tienen una gran necesidad de saber, una necesidad de decir bien las cosas y de decirse bien, una necesidad de relatos que constituye nuestra especificidad humana. Tienen una exigencia poética, una necesidad de soñar, de imaginar, de encontrar sentido, de pensar su historia singular de muchacho o muchacha dotado de un cuerpo sexuado y frágil, de un corazón impetuoso.

Género, abandono, muerte, hambre, política, sexo, guerra, amor, rabia, demencia. La literatura no ha dejado fuera nada, ¿por qué tendríamos que negárselos a nuestros jóvenes? ¿Por qué acotar su conversación, ajustar sus sonidos? En esta tarde de invierno, pienso que la única inclusión que debiéramos demandar es la de asegurar lectura para todos nuestros jóvenes. Aquella chica, nuestra muchacha que vive a los pies del Loa, o en el Biobío, en la cordillera o valles transversales quiere conversar sobre sexo, quiere conocerse sexualmente, tiene expectativas, quiere trascender, comprometerse políticamente. Necesita nutrir su discurso y es justo ofrecerle libros que la acompañen en sus descubrimientos, planes lectores abiertos en los cuales pueda escoger aquello que le parece interesante leer. Maestros dispuestos a confiar en su intuición, en sus búsquedas. Pero, sobre todo, mediadores dispuestos a volver a sus propias juventudes para sentir sus pulsiones, porque cada uno de los que está en esta sala, recorrió un trecho para llegar donde está. Incluir podría ser una palabra habitable, género también, pero dependerá de cuánto abramos el abanico, cuánta confianza depositemos en nuestra juventud, cuán creativos seamos al acercarnos a ellos.

Yo voto por esa joven, nuestra muchacha, porque si ella se lo propone, sé que logrará cruzar la cordillera.



ACTAS III SEMINARIO INTERNACIONAL

¿Que leer? ¿Cómo leer? 

LECTURA E INCLUSIÓN


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