ANA MARÍA DEL RÍO - SIETE DÍAS DE LA SEÑORA K. (capítulo 2)

 HE SUBIDO SALTANDO, pasando la mano por la baranda brillosa de esa escalera oscura, ¿dónde vamos?, comiendo chicle, sin dejar de comer chicle, un globo rodando desde mi aliento frutilla me tapa la cara de ojos chinitos de risa, la falda de cuadrillé me vuela sobre las rodillas, si me pongo al sol con la falda y la parte de arriba del traje de baño, ¿me quemo a cuadritos? Y me acuerdo de la cinta de mi cola de caballo, una punta del pelo en los dientes, me río de nada, creo que soy bonita, muy bonita, ¿la más?, también uno por medio los escalones en un pie salto, yo puedo no pisar nunca las baldosas rojas, ¿y tú? Él me mira en silencio, rumiando, como si comiera algo, enfundado en un cuero silencioso, me mira de arriba abajo, desde boca, cuello hasta abajo y la mirada se le vuela en el vuelo de la falda, me río, otro globo frutilla, me río de sus ojos con las cortinas abajo como una funeraria, de pestañas tiesas, este chicle es de menta, parece, trae aire y es helado, heladísimo, otro globo gigante, rosado, salto, masco salto, un solo pie entre las baldosas de ese corredor ancho de edificio con olor a dentista antiguo, hemos venido, él me miró, un hilito de saliva en los portales de la Estación, algunas mujeres se ríen, mirándonos, mira al viejo, salta pal lao viejo machucao, se arreglan las medias en la calle. Él me mira todo el tiempo. Entramos. Que suba por las escaleras. Él cierra un ojo hacia el paragüero del fondo y le da un billete bajo los dedos al del mesón que no se le ve la cara, no da vuelta la página del diario, ¿qué pagaste? No contesta, me mira todo el tiempo, me pasa la mano por el pelo, como un tío, pero no es, apúrate, sube, me dice, ¿y si no quiero? Él me mira, mira hacia el ascensor rayado con Lucho y Miriam se aman, sube, dice, él es una de esas cabezas que se quedan mirándome desde los buses los trenes, yo me río, juntar cabezas hasta que tenga una fila de ojos mirándome, ¿dónde vamos? Un empujón y una pieza de techos altísimos, manchas de humedad, rayas yéndose en medio de hongos verdes, manchas largas, como monjas llorando, no hay muebles. Sí hay: al fondo, en la oscuridad sobresale una cama con barrotes negros, un inmenso cajón de embalaje. Una colcha de toalla. Retrocedo, tragándome chicle y toda la sonrisa. De pronto él se vuelve desconocido, no lo he visto nunca. Él está con la mano en la cerradura. No deja de mirarme pero de otra manera. Lentamente, echa pestillo, echa pestillo, echa pestillo. Se vuelve altísimo, de manos inmensas, llenas de nudillos más pálidos. No dice nada. Tiene la boca negra. Se echa sobre la cama. "Ahora, vamos a jugar un poco", dice. Y nunca más oiré esa palabra limpia. "Baila", dice. "No sé", me oigo contestar desde muy lejos, con la saliva almidonada. "Aunque no sepas. Bailarás", advierte. Y me parece, se me viene gigantesco, empieza lentamente a desabrocharse el pantalón demorándose, creo que sonríe, me mira todo el tiempo. Corro encarnizada hacia la cerradura. "Aunque grites. No hay nadie en los pasillos". Y el habla es pausada. Se relame. Pateo y muerdo la madera de la puerta. Llena de lágrimas, arañazos, cortes por el metal sujeto. ¡Socorro! No hay nadie en el pasillo. Las ventanas se han oscurecido llenas de barrotes y flores de hierro que no vi al entrar. "No grites. No me gusta" oigo. Más cerca. Habla muy suave, arrastrando las palabras. La puerta es cada vez más gruesa. Se acerca, cada vez más lleno de huesos y desconocido. Tiene una varilla invisible entre los labios. "Súbete a la mesa", dice. "Y empieza a desvestirte. Bailando". Oigo desesperada los ruidos de este mundo que se me va. Afuera pasan micros y alguien vocea empanadas. Remezclo la tierra donde vivo, pero no contestan. No hay nadie en el corredor, los gritos de la calle son de mentira. Abajo habla gente por las calles. 

Lanzan bocinas, risas, que me llegan envueltas en franela. "No te dije que te bajaras. Quédate arriba y muévete. Mueve las piernas". Su ancha mano, llena de nervios y pelos, de nudillos malvados, se acerca y roza mi cuello y lo presiona imperceptiblemente entre su pulgar y su índice gigante. Suavemente aprieta el hueso de mi grito y lo deshace. Mira hacia lo lejos, donde fallecen los hierros de las ventanas en cruz. Quedo aterrorizada mirándolo en una bocanada de miedo. Las paredes se tiñen de negro. Siento unas rodillas entrando en mi terror. El amargo grito ciego se silencia entre sus dos dedos. Se silencia. Una perpetua piedra helada. Él jadea con los dientes mojados por la crueldad. "Muévete, te dicen, ¿no oíste? Chúpamelo". Me muevo lentamente con los músculos dormidos. Contorneándome en la memoria de la desesperación.

Nunca más miraré desde la sonrisa de pregunta, con chicle y chasquilla agitándose en la brisa de afuera. De un golpe, me vuelvo mayor y todo lo que era mío cruje. Se me van las mitades de un engranaje que se destroza.

De un golpe me vuelvo mayor, tragándome de un grito la niñez.

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