Siempre es así - María Eliana Barriga Aguirre

De sus ojos de descolgaron unas lágrimas gruesas que se quedaron bailando en medio de la pieza y dejaron el aire húmedo y salado.

Cuando el hombre entró, sacudiéndose el barro de las botas, percibió en su nariz el olor a pena que flotaba sobre los pañitos tejidos a crochet, sobre los floreros con madreselva olorosas, sobre las cretonas coloridas de las cortinas. Lo fue siguiendo por las habitaciones pulcras, lo vio rebotar sobre las camas y pasar delante de él para meterse por debajo de la puerta de la cocina.

Se encontró frente a la ancha espalda de la mujer, pero ella no volvió la cara. En sus manos, una zanahoria y un cuchillo cocinero. El olor a pena era más fuerte que todos los demás, más que el de la sopa espesa burbujeando en el fogón y el de la verdura fresca. Más que el de los aliños, ordenados en frasquitos sobre el mueble de madera, y el de la mata de albahaca en el macetero. Pura pena. Una pena gris y viscosa que se palpaba, callada. Abrió la boca para dejar entrar el aire en sus pulmones, pero la pena se le pegó al paladar y a la lengua, bajó por su garganta y le formó allí un nudo apretado que no lo dejó hablar. 

Posó las manos sobre el hombro blando para llamar su atención. Entonces, pudo comprender. Sus ojos parecían deslizarse, silenciosos, por sobre las mejillas redondas y su nariz tenía el tinte rojizo que da el llanto.

-Usted ya lo sabía, ¿Verdad?

La voz del hombre sonó apretada y seca, como un murmullo agónico. 

La mujer asintió con la cabeza. Claro que lo sabía, lo sabía desde hacía tiempo, desde que notó en los ojos de su niña el temor, la sorpresa, la certeza de lo inevitable, desde que dejó de verla correr a medio vestir por las piezas, desde que comenzó a lavar ella misma sus calzones rosados en lugar de juntarlos con el resto de la ropa sucia.

Entonces pensó que el peligro había comenzado. La mujer sabía que aunque no quisiera, la niña llevaba ahora una señal que revelaría a los hombres una nueva condición que los haría codiciosos aunque ella mantuviera los ojos bajos y la voz modesta.

Comenzó a esperarla cada tarde cuando volvía de la escuela para preguntarle, como al descuido, qué había hecho, con quién se había encontrado en el camino, a qué jugaba en los recreos y con quién.

-Pero mamita, si ya estoy grande. Ya no juego, puro converso no más...

Por eso no se sorprendió cuando la vio llegar con las mejillas rojas y la mirada huidiza esa tarde de domingo. Hacía días que rondaban la casa el Mañungo y su fama y ella la había sorprendido varias veces en la ventana. El Mañungo tenía una bicicleta grande y brillante y un sombrero con ala caída. Pasaba despacito frente al portón, mirando hacia adentro y silbando siempre la misma melodía.

-Y si sabía, ¿por qué no me lo dijo?

La mujer se encogió de hombros.

-¿De qué hubiera servido? Si no hubiera sido éste, habría sido otro. Siempre es así.



El Farolito Chino y otros cuentos del taller del jueves. 1997

Editorial Antártica

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