"Espero nunca más encontrarme con una sorpresa como ésta", decía la vieja, apuntando con su dedo huesudo hacia la ancha cama cubierta con un pesado cubrecamas verde de felpa.
Las nubes, cargadas de agua, cubrían el cielo haciendo la tarde más oscura y la casa aún más lúgubre. Era una de esas casas de arquitectura antigua, con piezas de techos altos y lejanos y ventanas pequeñas. No había flores en los jarrones ni fotografías sobre las mesas y los muebles, de tan grande y gruesos, eran más intimidantes que invitadores.
Flotaba por las piezas y pasillos un olor a humedad, a ropa guardada y no se escuchaba sonido alguno que indicara la presencia de personas. Solo la voz de la vieja que una y otra vez repetía la amenaza velada: "Nunca más, nunca más quiero encontrarme con esto..."
Los dos pares de ojos la miraban fijamente, sin parpadear. Unos con terror, los otros, indiferentes, aunque desafiantes. Las pieles, palpitando con intensidad que creía junto con el volumen de la voz.
"Porque es una falta de respeto sin nombre, una desconsideración, meterse en mi pieza, aprovechándose de mi ausencia. Voy a comprar la verdura y la sorpresita que me encuentro al volver, el par de sinvergüenzas encima de mi cama." La voz de la vieja sonaba cada vez más fuerte y amenazante. Los cuatros ojos la miraban y sus dueños apenas se atrevían a respirar por temor a desatar aún más su ira. Mucho menos a hablar para excusarse o inventar una explicación. Era cierto. Habían aprovechado su ausencia para entrar en la pieza y lanzarse en esa aventura de caricias y retozos sobre la cama que estaba pulcramente estirada, como invitando a arrugar sus colchas y resolver sus almohadones de plumas y ganso.
-"Se los repito por última vez, espero no encontrarme nunca más con una sorpresa como ésta, porque si esto vuele a ocurrir, no solo se van los dos fuera de mi pieza, sino que se van a la calle y para siempre, e par de malagradecidos. Recogidos tenían que ser. ¡Ya, se mandaron a cambiar!"
-Y abriendo la puerta, con un gesto imponente, estiró su largo brazo indicando el pasillo.
El niño tomó al gato en sus brazos, se levantó de la cama y salió, cabizbajo, de la pieza.
El Farolito Chino y otros cuentos del taller del jueves. 1997
Editorial Antártica.
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