-Abuelita, el Jose no quiere que yo toque la guitarra, porque ella está en el computador.
Matías llega hasta mi sillón bajo el damasco con la carita encendida de enojo, son pequeños mis nietos y muy cercanos en edad, y naturalmente siempre están compitiendo, se lo disputan todo, el cariño, los juegos, las atenciones. Ahora es el espacio por donde viajan las ondas sonoras, poseen habitaciones amplias e independientes, pero... ¡qué terrible error, no tienen aislación acústica en esta épica tan llena de sonidos y ruidos!
Tiene razón Josefina, y la tiene Matías, el trabajo en el computador no es compatible con los altos decibeles de la guitarra eléctrica, pero el niño tiene derecho de hacer su música.
-Hijo lindo, bajara un poquito el volumen, por favor, así los dos podrán trabajar a gusto.
-Puchas, oh, toda la vida le dan la razón, es más...
-Mi niño, por favor, ruego. Hace un gesto de aceptación y regresa a su guitarra.
Nuevamente armonía, los niños trabajan cada cual en su habitación, luego bajarán al jardín y juntos veremos las fotografías que estoy ordenando, son niños buenos y cariñosos, preguntarán, les diré, y habrá sido otra maravillosa tarde juntos.
De prono, entre tanto brillo y paisajes colorido, una fotografía en blanco y negro: Elisa, Inesita y yo. No miro la fecha; quiero recordar. Me concentro y digo: marzo de mil novecientos cuarenta y cinco, el año en que terminó la guerra.
Tres niñas, sus largas sombras, una casa al fondo y tres sonrisas luminosas. Fue después de mi fiesta de cumpleaños, cumplí once. La Tencha no asistió porque estaba enferma otra vez, ella era así, desaparecía por unos días, la dejaban en cama, y luego llegaba hasta nosotras, un poco débil al principio, la cama, pensábamos, por eso le cuesta correr, pero luego, al pasar los días era tan activa como Elisa, además eran íntimas.
-Ahora, niñitas, les toca a ustedes -dice mamá, enfocándonos con la cámara de cajón del tío José, papá tiene una de fuelle, pero con esto de la guerra en Europa, que ha durado tantos años, no tiene rollo. Pasamos las tres; Elisa con una rodilla en tierra y los brazos levantados imitando una estatua del Parque, nosotras de pie, al centro Inesita, sonriendo al sol del atardecer.
La casa es sencilla de un piso, tres ventanas al frente y un porche también con ventana. Es la casa de los veranos, los baños diarios en la piscina del hotel, de las cabalgatas y amigos. La casa de las vacaciones de invierno y los juegos interrumpidos a las once de la mañana.
-Niñitas, tomen su naranja -dice la Malvina, y me da partida en dos para pasa el mal gusto.
-No me gusta el aceite de bacalao - digo desafiante.
No dice una palabra y tengo la cuchara de aceite en la boca. Lo tomamos todos los días en invierno todos los años, quiero que pase rápido pues es viscoso y grueso, baja con lentitud, sabe a... uf... ¡a aceite de bacalao! A eso sabe, y es un repelente monstruo marino, amarillo y resbaloso que baja por la garganta para luego asomarse por la nariz. Bendita naranja, si no fuera por ella creo que vomitaría.
-Su papá dice que esta es la última botella de aceite, que cuando vaya a Linares les traerá Emulsión de Scott, que es lo mismo pero de mejor sabor.
Al mes siguiente fue eso: un preparado grueso, espeso y blanco como la Leche Magnesia, pero menos malo que el aceite y la naranja partida en dos.
El aceite de bacalao fue el tormento de todos los niños de la época, el que todos repudiábamos, del que jamás pudimos librarnos...
La mamá ahora está en Linares, nos fue a buscar otro hermanito, ya tenemos uno, lo malo es que antes de encontrarlo tuvo que ir a la maternidad, no sabemos a qué, pero allá se tiene que quedar unos días. es Es invierno y en las noches hace mucho frío, tanto que el agua que cae de los tejados se escarcha y se la ve prendida en hilos a las tejas, en donde ya no están las golondrinas.
Estamos en el porche, forradas las manos en guantes de lana, mira, dice Elisa que ha dejado de tirar las pelotas a la muralla, está llegando gente a la casa del otro lado de la plaza junto a la de la Tencha; ella se resfrió en al mitad de las vacaciones y está con fiebre en cama, mi hermana, en tanto, practica y practica el juego del tombo.
-Cuando se mejore, le voy a ganar a la Tencha, doce todo el día, y yo seré la campeona.
-Vamos a mirar -digo- después le contaremos a la Tencha de la gente nueva. -Y atravesamos la plaza, aplastando el pasto que cruje bajo nuestra carrera.
Son cuatro personas, el papá, alto, rubio y fuerte carga él solo un aparador, la mamá, delgada y frágil lleva la mano una maleta y con la otra afirma un mechón de su cabello oscuro y ondulado, una joven rubia, y... ¡qué felicidad!, por fin una niña con quien jugar en esa plaza en donde no hay más que muchachos corriendo y luchando, y con ellos nuestros hermanos.
Será nuestra amiga, decimos, ese día yo tenía ocho años.
Hace rato que estamos en la calle del otro lado de la plaza; después de esperar una semana decidimos ir a buscar a la niña nueva, llevamos nuestros monopatines de madera y echamos carreras con ellos frente a su casa, el mío es amarillo y precioso, el de Elisa, verde y también muy lindo, los dos son veloces, pero el mío se desliza más rápido, nos los trajo el Viejito de Pascua pasada, y yo nunca, nunca he tenido un juguete más lindo y perfecto.
Por fin la vemos salir, se para en la vereda y nos mira, tiene en las manos una pelota maravillosa con lunas y estrellas en realce.
-¿Quieres jugar?
La niña sonríe y dice que sí con la cabeza. Se presenta.
-Me llamo Inés Schöll, y tengo nueve años.
-Yo, Elisa, y tengo siete.
-Yo tengo ocho, y vivimos en esa casa y tenemos un gato plomo, gallinas, patos.
-Mi mamá fue a buscar una hermana para nosotras a Linares, pero es una guagüita que llora y duerme nada más. Dice Elisa.
Les presto mi monopatín, yo llevo su pelota, hacemos turnos para descender la calle, frente a nuestra casa, que es en pendiente y baja en suave desnivel desde el bosque de eucaliptus, en donde haya una pileta, la Poza, la llaman, con fondo de rocas entre las cuales surge una agua tibia, dice el papá que es una vertiente, y que los dueños de las Termas formaron esa piscinita para que la gente pueda tomar allí sus baños medicinales, también hay una fuente con un surtidor en forma de cabeza de mona, y el agua es tibia también, y sabe a mote, la gente la bebe y luego la coge en botellas para llevarla a su casa, porque dicen que es buena para todas las enfermedades. Yo le cuento eso a mi amiga, y ella nos dice que su papá es alemán y mecánico de barco, y que ahora él será el encargado de las máquinas de la embotelladora del agua mineral, que se llama Panimávida, nosotras también sabemos que se llama así, y que ése es el nombre del pueblo.
Nuestra calle, como todas, es de tierra y hay que tener cuidado con los hoyos y las piedras cuando nos deslizamos con los monopatines, las veredas también son de tierra, y entre ellas y la calzada -como dice papá- corre una cequia estrechita, lenta y suave donde crecen berros y florece duraznillos de rosadas espigas.
-Mira -digo, mostrándosela con orgullo- de aquí sacamos pirgüines, y cazamos matapiojos en verano.
-¿Qué son purgüines? - pregunta, y yo la miro extrañada.
-¡Miren cómo bajooo!- grita Elisa deslizándose.
-Ella es la Tencha, no la habías visto porque estaba enferma.
Inesita sonríe, las dos sonríen y corren por la plaza para cazar una luciérnaga.
-¡La tengo, la tengo! - dice Elisa que es más rápida y experta, abre la mano y en ella solo hay un puñado de tierra en donde se mueve un gusanillo encogido y asustado.
-¿Mamá, por qué nunca podemos atrapar una luciérnaga?
-Hija, la tienes, sólo que ha perdido su brillo- dice mamá acariciándola.
Es verano, la noche es tibia y los grillos cantan en sus escondites secretos. La Techa tose a veces y entonces se detiene un poco, pero está contenta y jugando con nosotras, hacemos rondas y jugamos a la niña María, a mí no me gusta ser la niña que va al centro, me siento tonta y no sé qué hacer mientras la demás bailan. Jugamos en la plaza y nuestros padres, los de todos los niños que allí estamos, nos miran sentados en sus sillones de mimbre, desde el portal de sus casas.
-Mamá mi hermana está cantando- dice Elisa, que ya cumplió nueve años- y hoy no se puede cantar.
Callo, es verdad, no se puede cantar porque es Viernes Santo, el día más triste del año. Los niños que ayudan en la misa, hoy van por el pueblo tocando matracas de madera para convocar a los servicios de la iglesia.
El pueblo está en silencio, las señoras, cubierta la cabeza por negros velos, caminan parar asistir al sermón, nosotras también vamos con mamá, muy modositas y calladas, me entristezco al llegar y encontrar el templo a oscuras, sin lámparas encendidas y con sólo la luz que entra por las ventanas cayendo sobre los santos, tapados con paños en morados cual mortajas. Tironeo la falda de mamá y le hago señas, ella entiende y salimos de regreso a casa, recorremos el parque de las Termas, miramos las flores, las estatuas, escuchamos los pájaros.
Dice mamá que la Inesita ya creció, ya no usa trenzas ni chapes, ahora lleva melena y el pelo le cae a la espalda en rizos grandes y negros, "es chola igual que su madre" dijo su papá, mientras sonreía a la mayor de sus hijas, blanca rubia y de ojos celestes como los suyos. A nosotras nos da lo mismo, chola boliviana, alemana, chilena, qué mas da? Inesita nuestra amiga, la mejor que tenemos, la más buena del mundo entero. Su hermana es rubia, pesada y creída, nos cae mal, siempre tan peinada, los vestidos sin arruga, menos una mancha, y para colmo está de novia, uf, que es pesada es la Erna.
La plaza está llena de florecitas que aparecieron en el pasto luego del primer día de sol, se ve preciosa, corre un aire frío que desordena el pelo y bate las banderas que flamean en los frontis de las casa. Desde allá, cerca de la iglesia y en la plaza que queda frente al hotel de las Termas, se escuchan los pitos y cajas de los scouts, que ensayan el desfile del 18 de septiembre.
-La primavera amarilla- digo en voz alta, mirando el prado y el aromo que esparce fragancia y color frente a nuestra casa.
-También es rosada y blanca - dicen Elisa e Inesita que vienen del patio, salpicadas de pétalos rosa y blanco sus cabellos.
-Y hay abejas, muchas abejas, mejor nos arrancamos - y ríen.
Pero ésta en realidad es negra, a la casa del otro lado de la plaza está llegando la oscura carroza, que tanto hemos visto en estos años, tirada por caballos también negros y guiada por cocheros vestidos del mismo color, entran a la casa con un ataúd blanco que luego suben a la carroza cubierta de flores.
-Mamá, mamá -decimos- ¿La Tencha?
Ella, húmedos los ojos y sin palabras, asiente con la cabeza y abraza a las tres niñas que sienten que se ahogan con ese horrible peso en el pecho. Fue en el año de mis once, ella, la Tencha, igual que Elisa iba a cumplir diez años en diciembre.
El viento trae de lejos sonidos de pitos y cajas, el suelo bajo el aromo se ha vuelto amarillo.
-Ya terminamos, abuelita -Josefina me mira cariñosa y acaricia el brazo -¿estás llorando? Y esa foto tan antigua ¿quiénes son?
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