Cuando yo era niña, siempre íbamos al "Cinema Chile" con mis hermanos y primos.
Aquel día llegué por cuarta vez (en la semana) , pedí permiso al acomodador y pasé a la sala. En un rincón del cine se encontraba el pequeño bar, iluminado por la luz de una ampolleta roja. Me acerqué al "barman" y le pregunté:
-Señor Luis, ¿ha vendido algún flan?
-No, chiquilla, no vendí ni uno, a nadie se le ocurre comer esos flanes hechos en casa.
Yo quedé triste y pensativa, no respondí nada, quería salir del local, pero al escuchar la voz del hombre me devolví.
-Espera pequeña, ven, aguarda a que termine la primera película y se los ofreces tú misma al público.
Estaba asustada, confirmé con la cabeza. Me acerqué a la fila de butacas, me senté, is ojos fijos en la pantalla donde aparecía Robert Taylor, me pregunto:
-¿Cuánto tiempo que no he visto una película?
-¡Mucho!- me respondí- fue en 1936 cuando empezó la guerra y en este cine precisamente. Ese día yo estaba con Carmen (la joven huérfana que vivía con nosotros). De pronto sonaron las sirenas.
-¡Peligro, peligro! -gritaban
La gente se aglomeró en las puertas para huir cuanto antes. Yo aún recuerdo cómo me tiritaba el cuerpo al intentar colocarme el abrigo, al que no pude encontrar las mangas.
Pienso que ahora tampoco puedo ir al cine porque no tenemos dinero: claro, no hay dinero porque los hombres de la familia se escaparon "todos" a Francia.
Estaba absorta viendo la película, cuando apareció el FIN. A mi alrededor vi varios espectadores que se acercaban al bar, traté de abrirme camino, pero quedé detrás de personas tan grandes que casi parecían gigantes, entonces dije:
-Por favor, señor, cómpreme algunos e estos flanes que hay en el mostrador.
-¿Qué flanes? -dijo el hombre.
-Los que hay en aquella caja que está en el rincón.
Las otras personas empezaron a pedirme flanes y en un santiamén la caja quedó vacía, yo no podía creer que tan pronto se hubieran vendido todos.
De pronto se apagaron las luces, iba a comenzar la segunda película. El público se dirige a sus asientos. Yo frente al barman. El coloca en mis manos un montón de monedas. Con ese "capital" me dirijo hasta la puerta, al despedirme del acomodador le digo:
-Volveré pronto, pero esta vez con tres cajas.
Voy contentísima, corre que corre por el Paseo de San Juan. Al pasar por el Arco del Triunfo mi mente va recordando... esas veces que llegué con los flanes de vuelta, aunque para mis hermanos era motivo de alegría: porque esa noche comería postre. Pero... también recuerdo aquel negocio.
Un día vi que hacían unas cajas enormes, luego, las tías las forraban con papel rojo.
Cuando le pregunté a la tía Ramona, para qué eran aquellas cajas, ella dijo:
"Los niños tienen que: VER OIR Y CALLAR":
Ella también estaba enfada, pero... además muy triste, porque el abuelo quería que todos nos fuéramos de Cádiz a otro pueblo que se llamaba Barcelona, y como estaba ¡muy lejos! entonces la tía ya no vería más a su novio: el estudiante que le regaló un plato negro, aunque todos decían que no era un plato, a mí me parecía una rueda, además daba vueltas en un aparato que tenía una corneta, de adentro salía música y la voz de un hombre cantando:
-"Ramona, si sientes en tu corazón, la suave caricia de una gran pasión":
Lo del viaje resultó cierto y la familia empezó a venderlo todo: máquinas, muebles, lámparas y cuadros; según lo que decían solo se llevarían: los colchones, ropas y ollas. ¡Ah! Tampoco llevarían la cunita del recién nacido, en Barcelona le comprarían una, para el viaje lo pondrían en un canasto.
La tía Ramona no decía nada se le veía en un rincón llorando desconsolada, en cambio yo estaba feliz y contenta: porque iba a subir por primera vez a un tren (un carro sin mulas) como decía el abuelo. Ese tren se llamaba "El Sevillano". Cuando pasaron varias horas de viaje, los niños mayores empezamos a sentir hambre, le pedimos a la abuela que nos diera la "CENA"; ella sacó de aquella "caja roja": tortas sevillanas, polvorones, rosquillas y muchas cosas ricas. Los tíos decían que era Navidad y que teníamos que cantar. Entonces le cantamos un "villancico" al niño; a él lo tenían sobre un cojín en el asiento; a mí me parecía un "Pesebre", lo cuidaban: su madre y José su padre. La abuela parecía una "MAGA" sacaba y sacaba comida de la caja, hasta que la cerró, y nos mandó a la "cama". A mí me tocó dormir en el suelo del vagón, junto a un primo menor que yo.
Después de viajar toda la noche, llegamos a Barcelona de madrugada, todos cansados y con sueño, yo, descansada pero.. con la ROPA MOJADA...
UNA EXPERIENCIA COMPARTIDA, CUENTOS. 2003
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