Plegaria de la micro:
Líbrame, Señor, de la liebre Tobalaba-Las Rejas, en que puedo mantener la vida sólo si voy sentada, siempre y cuando no sea en el primer asiento, porque entonces, doy con mi humanidad en el pavimento de la calle, ni en el que está frente al pasillo (ése, el de la última corrida), porque entonces doy con mi humanidad en el suelo de la micro.
Líbrame de las tensiones de los choferes que, o son muy infelices y se descargan con nosotros o llevan todos dentro de sí a un frustrado Eliseo Salazar (el Eliseo de antes, de nunca).
Líbrame de los "dateros" que se acercan y farfullan entre dientes cifras misteriosas como "la 37 con 3 y la 45 con 1 1/2" que suelen provocar en el conductor reacciones impredecibles, aunque habitualmente violentas, que se traducen en aceleradas a fondo con el consiguiente desorden, caídas y pisotones dentro del vehículo.
("Y son las 8:30 en "La Amorosa". ¡Horror! En mi reloj Casio también y en los de la calle).
Líbrame de los frustrados sexuales que se aprietan contra mi costado al pasar, contra mi trasero al quedarse detenidos, contra mi hombro cuando voy sentada y del infaltable curadito que se duerme en el asiento del lado.
Líbrame de los bolsones escolares en épocas de usar panties, de los que, al sujetarse del fierro, me desarman el brushing, de los maletines Saxoline (o de cualquier otra marca de prestigio) que se meten entre las piernas y levantan el vestido, de los niños con ganas de vomitar (fruto del humo del tubo de escape), de los que fuman subrepticiamente detrás de los respaldos, de los chicles que piso al subir (después de lograr evadir el enjambre de vendedores que me pelean la puerta de acceso), y, finalmente, líbrame, Señor, de las campanillas que no suenan, ni se encienden, ni nada, y provocan que tu micro se pase de mi paradero cuando vuelvo, cansada, por la tarde.
Plegaria del metro:
Líbrame, Señor, de los que comienzan la búsqueda de la plata reciben cuando llegan frente a la ventanilla, de las dramáticas carteras carreras esclareas abajo en la Estación Alcántara para llegar justo en el momento de oír sonar el pitito y ver cómo se cierran las puertas, en el momento exacto en que el reloj marca las 9:00 (debería ir cruzando la puerta de la oficina), de la soledad absoluta después del bullicio de la partida, cuando se vienen a la cabeza todas las historias, películas, anécdotas, sobre crímenes en solitarias estaciones de metro.
Líbrame de los violentos empujones de aquellos que insisten en NO dejar que bajen para subir, de los eternos friolentos que se niegan, terminantemente, a abrir ventanas, con lo cual se disfruta, por las mañanas, de una nauseabunda mezcla de olores a colonias y esencias de alas más diversas calidades, con dientes y cuerpos que no alcanzaron a ser lavados y, por las tardes, de las mismas esencias y colonias, pero añejas ya, y los cuerpos usados durante todo el día.
Líbrame de los imberbes que leen "Economía y Negocios" en vez del Suplemento "Deportes" como sería su auténtico deseo, de los estúpidos temas de conversación que HAY que escuchar, inevitablemente, de todos aquellos con delirios de grandeza que mueven millones ajenos al ritmo del movimiento del carro, que relatan maravillosos deslizamiento de nueve e imaginarios deslizamientos sobre las hembras.
De las señoras a las que se les atascan bolsas y paquetes al pasar por el cruce, de los que se quedan a la retaguardia para atisbar, ávidos y hambrientos por las aberturas posteriores de las faldas y de la lluvia sorpresiva que me espera al salir a superficie, líbrame, Señor.
Plegaria de la madre en viaje:
Dame fuerzas para los preparativos previos: hechura de maletas, bolsas con comida, sándwiches y huevos duros para el camino. Para cerrar la casa, conectar la alarma, dejarle comida al perro.
Confórtame para la partida, rápida, tipo "operación comando" para que los "loros" no se den cuenta que la casa queda sola, para la tensión de la partida que provoca gritos y retos, para las peleas por la ubicación en el asiento de atrás: "Tú siempre te vas al medio", para los llantos porque se quedó la pelota, la muñeca, el rompecabezas, para las preguntas que sulfuran aún más los ánimos: "puedo llevar mi bicicleta?" "Y mi triciclo?" Mientras recuerdo, con espanto, que sobre el velador se quedó mi bolsita con los cosméticos y las máquinas de afeitar de mi marido.)
Dame valor para soportar, con tranquilidad, las peticiones de "pic nic" cuando no llegamos a la Estación Central, las sugerencias de "mejor pasemos a un restaurante del camino, que es mucho más entretenido", los mareos, los vómitos, las ganas de hacer pipí y las vocecitas que preguntan inocencia "¿Trajiste confort, mamá?" Haz que la ternura sea más que el enojo cuándo miro a mis hijos durmiendo con la boca sucia de jugo rojo y medio sándwich en la mano, mientras pienso que despertarán flojos y mal genios al llegar.
Dame fuerzas para la llegada, después de viajar por un camino lleno de autos, tacos, camiones, desvíos, a la casa cerrada por meses, sucia de meses, a abrir ventanas, puertas, armar camas, dar el agua (¡Se robaron la llave de paso!), dar la luz (¿Se robaron el automático!), barrer, sacudir, limpiar el baño, desarmar las maletas, llenar el refrigerador, y, finalmente, lograr hacerme un café reconfortante para poder disfrutar de un "descansado" fin de semana.
Plegarias de la secretaria:
Dame valor para soportar a mi jefa cuando llega de mal genio de la casa, cuando lo pone de mal genio el primer llamado telefónico de la mañana, el primer recado que el doy cuando cruza la puerta.
Dame la tranquilidad y frialdad para tolerar los restos que me dan voces desconocidas, sin caras ni cuerpos, cuando respondo, cortésmente, por enésima vez que "él" está en una importante reunión y no lo puedo interrumpir.
Controla MI mal genio cuando, siguiendo instrucciones, respondo que no está, pero justo, justo era aquel para quien SI estaba (aunque nunca me lo dijo), cuando escucho desde mi escritorio que la explicación para SU equivocación es un dulce y correcto: "Fue un error de tipeo de mi secretaria", cuando me discute, hasta la muerte, que me equivoqué yo: "El borrador que te hice, decía otra cosa..." y el borrador ya fue eliminado... por él.
Dame perspicacia para adivinar cuando quiere un café, cuando me hace llamar a "XX" y con quien realmente quiere hablar es con "ZZ", cuando me pide papel con membrete y lo que necesita es copia-oficio, cuando hay que retirar en efectivo y no depositar (aunque él dijo "depósito")
Dame sabiduría para corregir sus faltas de ortografía y redacción sin ofenderlo, para apurarlo en partir a la reunión sin ofuscarlo, para re-traducir sus informes en inglés sin hacerlo sentirse ignorante.
Dame alegría convincente para fabricarle una sonrisa cuando está deprimido, aplastado, abrumado por las deudas, los pagos, los atrasos en los trabajos, las multas, y, finalmente, dame discreción para callar cuando sale, intempestivamente, y me dice: "Tú no tienes idea dónde estoy, ¿de acuerdo?"
Plegaria de la mudanza:
Dame fuerzas para las dos semanas previas, cuando hay que empezar a embalar lo que se usa menos (y que justo se necesitaba cinco minutos después de ponerle huinchas café a las cajas.), memoria para acordarme de identificar los paquetes y no tener que abrirlos TODOS para encontrar una sartén, paciencia para envolver las copas una por una, calma para responder cuando piden lo que quedó guardado en el fondo de la caja #7, discernimiento para saber qué ropas no se usarán (sobre todo cuando la mentiróloga de la televisión ha informado que estará "despejado y con una agradable temperatura" y amanece lloviendo), capacidad para organizarme sin lavadora, sin secadora, sin lámparas, porque las instalaciones aún no están hechas, donde de mando para lograr que se limpien los pies al entrar, porque en vez de jardín hay tierra, tolerancia para soportar verlo todo sucio, todo desordenado, todo fuera de lugar SIN volverme loca y pretender arreglarlo todo en media hora, imaginación para inventar una comida simple, llenadora y sabrosa con solamente una paila, una cuchara, 1 huevo y 2 papas, un resto de aliento para lograr entrar a mi pieza sorteando bultos, paquetes, maletas y tender mi cama para tirarme en ella y olvidar el caos que me circunda.
Plegaria de la dueña de casa con visitas a comer:
Dame oportunidades para poder aprovechar la ausencia de mi jefe y llamar, desde la oficina, a quienes quiero invitar.
Contrólame para no arrepentirme y deshacer la invitación cuando me doy cuenta del trabajo que me estoy echando encima.
Regálame un poco de memoria para hacer listas y más listas de cosas que comprar sin que se me quede nada en el tintero, para no olvidar que a Fulano le gusta el vino tinto, Zutano no come choclo y Mengana toma solamente "analcohólicos". Ilumíname con las luces de la Economía para poder hacer una exquisita comida con poca plata.
Dame originalidad para poder cocinar algo diferente, novedoso y delicioso.
Hazme brillante en la conversación, la cordialidad, la atención para que todo sea un éxito.
Hazme imaginativa para tratar de imponer un tema diferente cuando comiencen a hablar de algunos conflictivos: política, religión, crianza y formación de los hijos y ecuánime si no lo l ogro y debo moderar en las discusiones entre los invitados.
Dame una cara alegre, fresca y descansada para que me encuentren radiante cuando lleguen, aunque haya corrido, comprado, batido , mezclado, aliñado y horneado durante toda la tarde y los pies me estén matando.
Ayúdame a mantener el ánimo en alto (sobre todo cuando el dueño de la casa cabecea en un sillón), para que las visitas no se sientan "echadas", cuando sólo son las 4:00 A.M.
Dame la última pizca de valor para botar los ceniceros, recoger los vasos del bajativo, apagar las luces, tapar a los niños y lograr, finalmente, llegar a la cama, sabiendo que voy a despertar al cabo de 2 o 3 horas gracias a las peleas de los niños y la inevitable llamada telefónica de mi mamá que nunca supo que yo me había acostado muy, muy tarde.
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