ELIANA CRUZ - EL ÁRBOL VIEJO

 La noche cae apacible sobre las casitas de adobe, de una calle a otra canta un gallo, a lo lejos otro responde. La luna avanza adormilada asomándose por entre las nubes; de rato en rato, ladran los perros. 

Todo es tibieza, sueño y tranquilidad. Pero en el dormitorio oscuro de la casa de la esquina… un hombre no puede dormir. Se mueve de lado a lado en su cama, tose, carraspea, le pica el cuerpo, respira profundo y con voz temblorosa dice Vieja: ¿estás durmiendo?

Un sollozo ahogado venido desde la cama de al lado, despierta a doña Elena, que asustada busca a tientas el interruptor de la lámpara, prende la luz y con movimiento pausado se va bajando de la cama, cada día le cuesta más.

- Los años no pasan en vano dice, calzando sus chalupas de levantarse, afirmándose del catre va hacia la mesa del comedor desde donde recoge el frasco de pastillas y un vaso de agua que ha dejado listo. Bien sabe que los huesos de don Juan, su marido, ya no soportan los cambios de temperatura; invierno y verano, el pobre viejo sufre su calvario.

Los ruidos de la calle van cambiando, ya casi amanece. Está naciendo un día más, un día domingo, día de feria. 

Hace más de cuarenta años que Juan y Elena viven allí y desde siempre, jueves y domingo han sido despertados al despuntar el alba por los ruidos característicos de una feria libre; carros, gritos, silbidos, bocinazos, palabrotas, risas, fierros y palos que dan contra el suelo, con lo que los caseros arman sus negocios ambulantes.

Doña Elena, acerca a los labios del anciano el vaso con agua y pone sobre su lengua el remedio. El hombre traga casi a la fuerza y dice, tomando temblona la mano de su mujer: tengo una pena muy grande. Me duele el alma… Y sus pequeños ojos, surcados por el paso del tiempo, azulosos por los años, se aguaron.

Yo sé, yo sé;-dice ella, dejando sobre el velador el vaso. Luego le toma con sus dos manos la cara y mirándolo muy cerquita le dice:

-Que le vamos a hacer viejo- que le vamos a hacer si ya está todo dicho, a fin de mes nos vamos y no hay más vuelta que darle- Usted se quejó toda la vida de tanto boche, y ahora sale con esto, un departamento donde no tengamos que estar pendientes de podar el parrón, recoger hojas, ni ropas de los cordeles. El Coby se queda al cuidado y Don pincho ya ni ladra de viejo, será por poco tiempo, los perros prefieren morirse antes de acostumbrarse a nuevos dueños. Y la Tomasa anda medio rara, los gatos saben cuando se van a quedar solos. De las plantas me llevo patillas de cardenales, se ven bonitas en las ventanas y balcones.

Por las mejillas del anciano, un par de lágrimas bajaban por las quebradas de profundas arrugas.

Ella seguía diciendo, cálmate, viejito, si allá vamos a vivir tranquilos. El piso bien encerado, poquitos muebles, con ascensor y vista a la cordillera… se ven Charitos los cerros. Lo que en esos edificios nadie mira a nadie; en cambio aquí en el barrio… Tantos años yendo y viniendo por las mismas calles, viéndose a diario con las mismas personas, terminamos siendo todos como de la misma familia. Hemos envejecido juntos, embarazos, partos, crianza, casamientos, entierros, unos al lado de los otros… Ya los hijos se han ido, los de ellos y los nuestros. Ahora que no tenemos que correr para nadie, ahora que podemos conversar tranquilos en una esquina, ir sin apuro al almacén. Copucheamos un tecito en las casas vecinas o que ellos vengan a la nuestra… Ahora vienen los hijos y nos dicen que nos tienen una grata sorpresa.

-¿Viste, viejo, lo que conseguiste con tanto quejarte? Harto mañoso que te estás poniendo Juan, los chiquillos ya están cansados de oír tus reclamos, que la bulla de la feria libre, estamos llenos de perros garrapata etos, los gatos se mean en el techo, y esto y lo otro. ¿Quién te entiende viejo caprichoso?

No te fijaste en la cara de contentos que tenían los chiquillos la noche de nuestro aniversario de matrimonio, cuando pararon la música y en forma tan solemne, todos levantaron sus copas. Juanito por ser el mayor leyó el discurso con palabras tan bonitas; yo me lo lloré enterito, pero tú estabas muy tieso en tu silla, parece que lo estoy escuchando… “Papá, Mamá, nos hemos reunido todos esta noche para dale gracias a Dios por los Padres que nos permitió tener; y en agradecimiento a tanto esfuerzo, hemos reunido nuestras fuerzas para hacer realidad el sueño de tantos años” Se metió la mano en el bolsillo e hizo sonar el llavero con el aire. Se acercó a ti y besándote emocionado puso las llaves en tus manos- ¿Te acuerdas Juan?; ¡¡Cómo me voy a olvidar!!, por Dios, vieja, si en ese momento lo único que hubiera querido, era que me tragara la tierra. Me quedé helado. Todos brindaron felices, y seguro pensaron que mi alegría era demasiado grande… Pero te juro Elena, en ese mismo instante el Mundo se me venía abajo.

Después nos llevaron a conocer esa enorme pajarera, un nicho de un quinto piso… Me llegue a marear cuando me sacaron al balcón. Qué podía decirles, el tremendo sacrificio de los cabros, cómo les decía que quiero que de aquí me saquen “con las patas pa´ delante”, que aquí somos felices y todo esto nos gusta porque es parte de nuestras vidas.

Elena escuchaba ansiosa, dejó el que él dijera todo lo que tenía adentro, luego lo miró sonriente y con voz decidida dijo: ¡Listo, no hay más que decir!, no nos vamos, y qué, estamos grande tíos para saber qué queremos, que vean ellos lo que hacen con el departamento. A mí con un par de medias que me regalen quedo contenta. Cómo se les ocurre que nos vamos a ir de aquí; en un rato más yo misma me encargo de ir donde el dueño del camión para decirla que no hay mudanza.

Ahora, póngase cómodo y durmamos un ratito, la noche entera la hemos pasado en vela…

La mujer se acercó a la ventana, cerró las cortinas y alegando en voz alta decía: miren que decirle a uno lo que tiene que hacer, donde han visto…

De a poquito se fue metiendo en su cama.- por Dios que mete bullas esta gente de la feria… ¿Me estás escuchando Juan?, Juan, ¿me estás escuchando?- Un profundo ronquido desde la cama del lado, fue la respuesta.

Una experiencia compartida, 2003







































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