Hoy quiero contar una historia que, aunque no la crean, me sucedió a mí mismito.
Era noche de luna llena, tan clara que se podía leer el diario bajo su luz. Regresaba del pueblo con las compras del mes; el saco de mey´ y el quintal de harina colgaban al anca del Palurdo; yo montaba a su madre. La yegua Isolda. Al trolecito veníamos los tres, cada cual en lo suyo, al pasar por un zanjón se nos fue ocultando la luna así como que entre lo árboles y las nubes había un acuerdo pa´ hacer cortina, era una boca de lobo, no me veía ni las manos. Algo raro y siniestro parecía acechar; el aire estaba de cortarlo con hacha, no se oía ni el cromar de un sapo. Se me crisparon los pelos y al pegar el salto p´al otro lado del cequión sentí el estampido.
El palurdo se paró en dos patas y dejó caer los caos al suelo. Clavó sus ojos de fiera en los míos y me dejó pasmado. Acaricié a la yegua como suplicando ayuda, restregó una pata en el suelo, pestañeó y dio un tiritón de jeta. Ea fue su respuesta.
Yo, la verdad, me había tomado mis copetes, nada del otro mundo; un vinito p´al frío, lo mismo de siempre, no era pa´ estar alucinando. Traté de prender un pecho y de puro nervioso no atiné nunca con los fósforos. ¡Puta que me sentía mal…! Luego espolié y la muy chúcara ni se movió. La sonajera entre las ramas me helaba la sangre, amparados por la oscuridad, cientos de ojos no se perdían detalle.
Al fin el palurdo sacó la voz: “Hasta aquí no más llegamos patrón”- me dijo- A mi mamita la tiene p´al tiro y a mi taita p´al arado. Por lo que oímos cuando hablaba con don Manuel, mañana a esta misma hora, yo ya no sería potro, sino un simple caballo, dispuesto así por su mercé. Si en vez de pasar yo por el cuchillo de Don Manuel, pasará usted y de un paraguazo le volarán las que le dije, entonces sabría en carne propia lo que se siente y podría seguir dando la orden de a quien se capa y a quién no. Por ahora vaya agarrando los sacos y desaparezca de aquí, somos muchos los que lo tenemos entre dientes y más le vale tener en cuesta este episodio.
Eso fue todo, luego, como quién levanta el telón, las ramas dieron paso a la luna, que asomó su cara risueña como de vieja cahuinera. Un ruido ensordecedor de carreras y piedras que caían al arroyo y aquellos pares de ojos que desaparecían casi me volvieron loco.
Me mojé la cara. Hasta las ganas de fumar se me habían espantado. Me puse los sacos al hombro y eché a andar. Al rato me alcanzó la Isolda: Suba- me dijo- ofreciéndome la montura sobre su espinazo; yo sigo con usted, no creo mucho en los cambios, el Palurdo habla por los machos y los defiende bien, pero a nosotras ¿quién nos defiende? La vida se nos hizo para trabajar, parir y criar. Ni usted, ni las verijas de todo los Palurdos del Mundo van a cambiar las cosas…
Una experiencia compartida, 2003
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