Sybila, mujer por la vida y la muerte
desgarrada
perdona mi silencio.
También tuviste un cataclismo
de la sangre,
del campesino quechua y su esperanza.
Cuando llegué hasta Lima a consolarte
a establecer verdades de este mundo,
eso de que algunos no queremos vivir más
y preferimos el silencio, hija mía.
Hoy un muro de piedra incaica
se derrumba entre mis islas solitarias.
Los templos que subí desde mi claustro
tal vez sean cosechas
de Macchu Picchu, altura
que volcará su sangre en tus arterias
colmadas por la escritura de José María Arguedas,
patriarca enamorado de ti,
de sus indios y “Guaymas”.
Las rachas de azules pensamientos y burbujas
son los ríos profundos de aquel hombre puro
que trazará su humilde trayectoria
cerca de lo que amas:
su imagen cansada, sus “Obras”
y una lámpara que aclara
el camino de los pobres,
de millones de “runas” que trabajan en Perú
con sus leñosas manos agrietadas.
Erige un pedestal en ese pueblo
donde tu propio corazón renace;
estudia las andinas rocas
y riega los maíces y los trigos
para que el pan inunde tu familia
de “mamacunas” que buscan alimento
y así sus pechos derramen
a raudales, leche
para los hijos de tus patrias.
Es tan ardua la historia de una vida
que alcanza apenas para cumplir su plazo,
pero el canto de las verdades de José María
analiza sus rebeldías entre el pueblo.
Su lucha fue infinita.
Tú lo sabes,
y quiero que examines,
recorriendo el pasado.
Las hogueras que alzó entre sus hermanos
deben seguir ardiendo para siempre.
Tu compañero
vivió de lumbres, y “AGUA”
supo de fuegos, de injusticias antiguas
y obstinadas.
De tu hogar y ternuras,
de “DIAMANTES Y PEDERNALES”,
de “YAWAR FIESTA”
y de “TODAS LAS SANGRES”.
En un tenso recado
entre mamacunas y el Inca Garcilaso,
que debes entregarle a los quechuas;
dispersarán sus airadas protestas,
la harina, la sal, el vino de la mesa,
su alma incontaminada,
su agonía y su muerte.
Porque sobre aquella pesadilla
José María vive
y vivirá eternamente en su universo incaico.
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