TRES
Radiografía occipital izquierdo en la pantalla por favor, dice una voz embozada en la maestranza del cuarto piso del hospital donde han colocado mi camilla entre una sierra, un taladro, un banco, es un barquillo, me van a cortar la cabeza entre las nubes de seda del sedante. Qué enredo es éste, en Massachusetts yo tuve un amor, eso le pertenece a Mejillones y es vals. Dónde quedó mi memoria de elefante. En Marcoleta, fané y descantillada, amanece en Stanford, en Charlottesville, qué marea de perdición, recorremos el museo De Young, seis mil años de arte chino, madre, me pierdo en la maraña de esta cabeza que me parte el rayo envuelta en el frío antártico de los vitrales de Chartres. Me incrusto en la ojiva azul nitrógeno, me hago astillas en el vasto cristal azogado.
Es el mar que lava los pecados del mundo, madre, el pecado huele a yodo. Me aturdo sumida en el agua de baquelita cinta de Lourdes, anillo de compromiso cinco zafiros, vamos por el agua más azul del mundo, amparados y llevados a la patria celestial en esa piscina con filtro, me impulso siguiendo el rumbo de las burbujas, no es el agua, me lancé de cabeza al vaso de coca-cola, a los cabellos de ángel, moriré ahogada en el plato de sopa del ángel de la guarda.
Una bocanada de aire salado me devuelve al océano enredada en la salgas que con que ondulan como serpientes junto a la playa grande.
La boa me boaconstrictoriza, Tigre. Capaz que la mataras después de todo, que te la tragaras de un bocado en la esquina de Die| de Julio y Vicuña Mackenna. Estamos atrasados, perderemos el tren pero no lo perdemos. Nunca perdimos el tren a Puente Alto, tu sei di noi soldà, vamos cantando y mi mamá le ofrece huevos duros al inspector para que no nos cobre pasaje completo, total, es tan corto el tramo y somos tantos, dice.
Bajas como un celaje por las laderas nevadas del volcán, aviva el seso y despierta contemplando Ocho Norte, Caleta Abarca, cómo se pasa la vida mi papá entre Santiago y Valparaíso, tan callando, se baja del expreso serpiente de oro y vamos a dar una vuelta en bote a la Quinta Normal. Yo me caigo sentada sobre una docena de dulces chilenos de la Vergara contemplando nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir. Entro y salgo de los hospitales contigo y sin mí, descomedido, conmigo y sin ti, los rayos gamma me hicieron de la suyas tan callando, suya me hicieron, ese rayo inmaterial me devolvió una memoria de barril de aceite. Me habrá devuelto la memoria. El túnel de acero inolvidable va a dar a la mar que es el morir, la nieve cuelga de los pinos, see you later, alligator, dice una una enfermera sonrisa de alicate forrada en asbesto. Es un robot de última generación. El doctor entra vestido de luto riguroso, seguro que me morí. Tigre, anda metido en un abrigo de sacristán que lo cubre hasta los talones para asistir al velorio del río Charles. lo asesinó un rompehielos luminoso con una luciérnaga de otro mundo.
Stanford fue el otro mundo cuando la emergencia se vistió de policia, en París de emergencia los aviones no abrieron sus alas, y las pistas de aterrizaje de Charlottesville nos congelaron adentro del tubo de acero sin puertas ni ventanas. En la resonancia magnética de esa escafandra de cuatro kilos y medio clavada la calavera. El tubo se cierra. Me han dejado un timbre en la mano. Toque si necesita algo, dice el doctor con cara de lunático pálido, el mundo se anda despedazando en San Francisco, el lunático pálido me lanza los rayos gamma en sol mayor, los rayos gamo saltan en el crepúsculo sureño, donde los siervos moteados se comen la corteza de los alerces de mil años. Entonces si rompe la abertura electrónica. Intrincado sonidos anunciando los desmanes de la muerte: la mía la tuya la nuestra. Aquí nos morimos de golpe y porrazo tú y yo, Tigre.
Voy más liviana que una rama de perejil rumbo a la luna. Alunizo junto a mi abuelo sentado en su mecedora. A mí no me entran balas, me saluda. A mí tampoco, le respondo porque nunca menos. Parece que me morí, le digo digo y él estornuda como ejecutivo internacional, a toda máquina. No te hagas ilusiones, dice la voz llorosa de la Padoka y sale a mi encuentro la escuálida bisabuela sentada entre los almohadones de su cama de raíz de nogal. Cuesta morirse, dice con su llanto perpetuo. Diez años que lo intento y no hay caso, rezonga entre cascos de naranja en almíbar, envuelta en ese estupefacto olor a manzana de la diabetes que la perseguía por la vida.
La escafandra se clava directo al occipital, Tigre. Cuatro kilos y medio de acero colgando de los clavos de Cristo, this is going to hurt, honey, here we go, dice la enfermera y me agarra las manos y el dolor y escucho tu voz de los siete años, el invierno ya llegó y yo tengo frío, mamá, ponme el abrigo azul que tengo que ir a jugar y yo también tengo siete años con kimono y palillos en el pelo, marea de perdición, aguante nomás, hold on, dear, atrapo la sangre con la lengua. La sangre salada como el mar, Tigre.
Me rompen la cabeza con un taladro por la cresta, ayúdate que Dios te ayudará, un hilo de sangre me corre por la cara, el palillo se me clava la frente, voy de japonesita al santo de la tía Beatriz, ¡feliz día!, ¡feliz día!, ¡que traigan el pavo! Llega flotando un pavo de fieltro, no es un pavo, es un pelícano que llega desde todo tiempo pasado fue mejor a nos acabar y consumir. La marea me arrastra por el tubo de acero, viene flotando con sus zapatos de charol la niña de cera, esto era una niña de cera pero no era una niña de cera, de acero era la niña que salta desde la roca grande y tú saltas con ella que es conmigo y nos hacemos chinas ahogándonos de la risa justo en la esquina de Zapallar con el Cabo de Hornos. Nos hundimos.
Éste sí que es un naufragio, Tigre.
Y un transatlántico enviste mi cabeza de madera, me hundo en el agua de malaquita y un gran manto de tisú, ¿no te he dicho que el azul no hay que tocar? Duérmase, cierre los ojos, cuatrocientos elefantes a la orilla de la mar, no me dejarán mar adentro en el acetato de tu ola, Tigre. Te desvaneces, te evaporas y me desarmo como de arena en una pieza de cristal, ya pasó todo, dicen y recupero poco a poco la conciencia envuelta en el zumbido de Pablo Pájaros. Aquí no hay pájaros, señora, quédese tranquila, ¿no ve que ya la operaron? Entonces, me echas esa sonrisa de preservado en el acertijo sin retorno, hospitalario el hospital, me dices esfumándote, y la niña del gato llora clavada en el insectario de mi memoria imperdible, de alfiler.
La camilla avanza por el piso de plástico. De vuelta al último recodo y te veo de pie justo en la esquina. Pero estás muerto, murmuro. Nunca tanto, dices, más tigre que nunca. Se abren las puertas del ascensor. Se cierran. Siento el lento, pesado despegue. Alpatrónico, pienso, cerrando los ojos. La memoria es una pecera donde se ahogó el tiempo.
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