Mujer con torta de mil hojas
La tarjetita decía te invito a mi fiesta. Confirmar a teléfono tanto y tanto. La mamá del cumpleañero llenó quince tarjetitas. Te invito a mi fiesta. Quince veces.
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Llenó las tarjetitas y se las pasó al futuro cumpleañero para que las repartiera entre sus amigos del colegio. De la familia y de los amigos de la familia y de esa gente que se cree de la familia pero no es de la familia ya se encargaría ella.
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Terminó las tarjetitas, se las pasó a su hijo y discó al restaurante para reservar. Mientras llamaba lamentó su falta de criterio al seleccionar a los amiguitos del colegio. Quince niños. Quince padres. Algunos hermanos. Se vio a sí misma rodeada de gritos, risas, llantos, dulces, tortas, bebidas. Se vio así, con miles de sonidos alrededor, y cuando al otro lado del teléfono le preguntaron para cuántas personas era la reserva, ella dijo que para diez a lo más.
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Con su marido habían hablado mucho sobre el regalo de cumpleaños. Después de un trabajo de negociación y depuración, logró reducir la lista a dos alternativas. Los finalistas eran una bici Rosy roja aro veinte acompañada de casco, codera y rodilleras y el otro un set de los Thundercats que uncluía una Espada del Augurio, la Garra Felina, el Tanque Felino y las figuritas de Pantro y Reptilio, dos personajes de serie que faltaban en la colección del festejado.
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Ese día -el gran día-, para la puesta en escena del cumpleaños, ella iba a preparar una torta con sus propias manos: mil hojas con manjar. Iba a pasar toda la mañana cocinándola para su hijo. Le entregó una lista detallada con todos los ingredientes a su marido y revisó la cocina para asegurarse de tener los utensilios necesarios.
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Las mamás de los amigos del colegio comenzaron a llamar para confirmar l asistencia al cumpleaños. Utilizó la siguiente lógica: a las llamadas impares les daba la dirección. Al terminar la semana tenía dos excusados por problemas de salud o motivos familiares. De los trece confirmados, solo seis tenían bien ambas señas.
En el Almacén compró gorrinos, pitos, serpentinas, chálalas y cornetas. También un mantel de plástico, solo por precaución. Para las sorpresas juntó algunos dulces Arbolito, caligas Sunny, un Sapito de chocolate y un auditorio de plástico. También llevó una botella de vino y un paquete de velas. Velas chicas para la torta de mil hojas.}
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Una típica receta de mil hojas necesita cinco tazas de harina, doce yemas y dos claras de huevo, cuatro cucharadas de mantequilla ablandada y dos medidas de agua ardiente. Para el relleno, como mínimo, se usa medio kilo de manjar; de manera opcional, se puede usar crema batida, coco rallado o alguna otra decoración a gusto. Alguien con cierta experiencia en la cocina puede tardar unas cuentas horas.
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Después de confirmar con las madres o los padres de los compañeritos, comenzó a llamar a la familia. A los que tenían hijos en el rango de edad del festejado, les dijo que por una bronquitis repentina, y después de mucho debatirlo, habían decidido posponer y quizás, incluso, cancelar la fiesta. No de puede celebrar la vida poniéndola en peligro.
En la tarde del mismo día que compró el confeti y las sorpresas, un poco antes de la hora de once, tuvo que volver al Almacén. Su marido le comunicó, casi como por descuido, poco después del almuerzo, que no podría hacerse cargo de la lista detallada con los ingredientes para la torta. Informarle así sin querer de las cosas era la manera que le había cultivado para comunicar sus negligencias domésticas. Esas que lo mantenían constantemente al margen de la gestión del hogar y los quehaceres de la crianza.
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El día del cumpleañeros se vistió de blanco. Estaba de moda esta temporada, era ineludible. El problema del blanco es que se ensucia de solo mirarlo. Toda actividad riesgosa quedaba prohibida se vistió temprano, no quería atrasarse o andar a las carreras para llegar a la hora.
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Para la torera de mil hojas se puede comprar manjar, pero es mejor hacerlo en casa hirviendo durante dos horas un tarro de leche condensada cerrado en una olla a presión. Es necesario mantener la cocción hasta que la leche tome un color caramelizado. Una torera para diez personas necesitará, al menos, dos tarros de leche condensada. No es muy común, pero se han dado casos en que el tarro de leche condensada explota.
La decisión sobre el regalo recayó en la madre. Hizo una lista con los pros y los contras para cada alternativa, incluyendo los costos económicos y emocionales para la familia, costos de los que ella, probablemente, se tendría que hacer cargo. También dio cuenta de los beneficios provistos y de las posibilidades de socialización y entretención. Notó que la bicicleta necesitaba de la compañía de un adulto responsable con criterio formado. El casco, las rodilleras y las coderas no reemplazaban la presencia del padre o de la madre -de seguro que de la madre-, por lo que las salidas al parque o a la plaza se iban a volver mas frecuentes. Más tardes al aire libre, más caminatas a la sombra de los árboles en busca de un lugar amplio y seguro para pedalear un rato.
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La receta de la torta de mil hojas ha estado en la familia por más de cincuenta años. Cuando la abuela paterna del cumpleañero supo que la madre iba a preparar la torta ella misma, compartió por primera vez una receta que, hasta ese momento, solo se había transmitido de generación en generación únicamente entre consanguíneos.
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Tenía todo listo cuando llegó el primer invitado. El local pondría un sandwich de queso y jamón por niño, dos vasos de bebida, atención continua, un show de magia y la limpieza final. A los padres del cumpleañero, en tanto, les tocaba los dulces y adornos, la sorpresa y todo el amor que una ocasión como esa requería.
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Cuando intentaba visualizar a su marido en el parque, solo le venían a la mente dos imágenes: su hijo llorando con las rodillas peladas y la ropa sucia, en primer lugar, y por otro lado, su marido llamando por teléfono dejando caer, casi a media voz, un inconveniente o un impedimento de última hora que de manera instantánea la situaba a ella en una banca, seguramente sin sombra vigilando el pedaleo de su hijo.
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Para que la torta de mil hojas esté en su punto y sea más fácil de cortar, se recomienda prepararla con un día de anticipación. Algunas recetas necesitan de un día de reposo entre el amasado y el horneado. Esta no.
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Haber dejado la educación emocional de su hijo en las manos de un montoncito de felinos humanoides extraterrestres no le parecía una decisión tan desacertada. Si si quiere, los Thundercats pueden ser vistos como un ejemplo de valores como la amistad, el esfuerzo, la superación. Eso de “ver más allá de lo evidente” es, sin duda, una gran enseñanza para los niños. También para algunos adultos. Que los capítulos fueran emitidos en desorden y la narración perdiera continuidad cada semana no eran responsabilidad de León-O y los otros felinos cósmicos. Más problemas de continuidad tiene la Biblia y nadie se enoja por eso. A fin de cuentas, esas supuestas fallas narrativas podían ser vistas como algo bueno: la relación de causa y efecto no se da siempre en la vida en el orden esperado.
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A las once de la mañana del día del cumpleaños, así, vestida de blanco, decidió que, por muy hijo suyo que fuera el cumpleañero, eso de poner riesgo su vestimenta perfecta metiéndose en la cocina no tenía cabida alguna. Que el blanco estuviese de moda no era culpa suya, por otro lado, la responsabilidad de ser una madre impecable no podía ser delgada. En ese momento supo, como si le hubiese sido revelado de manera divina, para un atuendo que de pronto se le presentaba como favorito. Tuvo que escoger cómo quería ser recordaba: una madre hacendosa y preocupada que privilegia la cocina por sobre la presentación o, por el contrario, una madre simplemente estupenda.
Tomó un taxi y le pidió al chofer que avanzara por avenida Pedro de Valdivia. En el “Mozart”, entre los distintos tamaños y sabores de torta, escogió una de mil hojas para quince personas. Se le escapó una sonrisa. Volvió a casa e hizo desaparecer el cartón de la pastelería.
Ya listos para cantar, le hizo un cariñito en la cabeza a su hijo y comenzó con su mejor voz a entonar el “Cumpleaños feliz”. Cuando su hijo terminó de soplar el puñado de velitas que representaba su edad, justo antes de que comenzaran los aplausos, ella cerró los ojos y pidió un deseo mientras la alcanzaba un flash.
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La madre sonríe al revisar las fotos de ese día. Se detiene en la mueca que queda en la cara de su hijo después de soplar las velas, con su gordito de rey, desentonando con la Garra Felina, a modo de escudo, y la Espada del Augurio tapando la cara de su marido.
RETROVISOR
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